José Rafael Campoy Gastélum
“…llegó a tal renombre de sabiduría, que con todo derecho se le puede comparar
a los Franklin y a los otros preclaros varones de grandeza semejante que
produjo el siglo XVIII en América.”
Lic. Héctor Rodríguez Espinoza Dossier Político
Dia de publicación: 2010-11-15
Si de
evitar borrar de nuestra memoria y sepultar en el olvido a humanistas
representativos de un singular punto de la agreste geografía de la Nueva España
se trata, hagámoslo con el alamense José Rafael Campoy.
Es el incitador de la renovación de los estudios en los Colegios Jesuitas, y
aunque su obra escrita no se ha conservado, por las citas que hacen los demás
renovadores, se le considera como su guía que revolucionó la Compañía de Jesús
y quiso dar a la juventud mexicana la oportunidad de conocer la Filosofía
Moderna, sobreponiéndose a los perjuicios tomando el riesgo de fracasar en su
vida religiosa, a causa de cultivar un sistema filosófico que no fuera el
propuesto por los comentadores de la Escolástica. Sus superiores lo calificaron
como “introductor de muy peligrosas novedades, partidario de vanas fantasías
científicas y estudioso de infantiles naderías”.
Nació en Alamos, Sonora, el 15 de Agosto de 1723; a los ocho años se trasladó a
la ciudad de México, se internó con los padres Bethlemitas para seguir su
instrucción en San Idelfonso, en donde, hacia 1737 iniciaba el estudio de la
Filosofía. Inició su amistad con Diego Abad quien, aunque era menor fue quien,
entre sus compañeros, mejor le comprendió respecto a la renovación de los
estudios.
Ingresó como jesuita el 26 de Noviembre de 1741, en el Colegio de Tepotzotlán,
en cuya biblioteca se familiarizó con los originales de Aristóteles,
desterrando los prejuicios que le habían formado sus comentadores.
Fue enviado a Puebla en donde enseña Filosofía y a San Luis Potosí, en donde
imparte Gramática.
Al estudiar Teología, se le nombra encargado de la Biblioteca, afirmó su
convicción de la necesidad de llevar dicha renovación. Ordenado sacerdote, es
enviado a Puebla y a Veracruz, lejos de los centros más importantes de la vida
intelectual dentro de la Compañía: su actuación pastoral e intelectual le dio
gran fama, que se extendió hasta España, a través de los viajeros que abordaban
los navíos que cruzaban el Atlántico.
Obedeciendo el decreto de
expulsión, es el primero en salir rumbo a Italia, estableciéndose en Ferrara,
sigue diferentes estudios humanísticos. Se traslada a Bolonia para estar cerca
de compañeros jesuitas de infortunio; allí, víctima de privaciones físicas y
morales, le ataca una penosa enfermedad que le produce la muerte el 29 de
Diciembre de 1777, a los 54 años.
Su obra escrita conocida es muy
breve y ninguna se refiere a temas filosóficos; sin embargo, su figura fue
considerada como la de un gran reformador de la educación en concepto de sus
contemporáneos, como se observa en la oración fúnebre pronunciada por el P.
Diego Abad, que transcribe Maneiro:
“PANEGIRICO, ELOGIO HECHO POR
ABAD. Quisiéramos hacer inmortal la memoria de José Rafael Campoy. …En esto era
también semejante a Sócrates, ya que mereciendo por su eminente ciencia ser
alabado como uno de los más grandes hombres de su siglo, sin embargo, no nos
quedan ningunos escritos suyos en que pudiese la posteridad admirar el genio
del hombre tan ilustre. Mas Campoy fue digno de toda admiración por su excelso
talento, que lo hacía aparecer más admirable aun por la extraordinaria
constancia con que se enfrentó al torrente de agitaciones levantadas contra él
para hacerlo que siguiese el acostumbrado método de enseñar. Y por la
inclemencia de los tiempos, sucedió que el valor de sus méritos no fue
advertido por aquellos a quienes tocaba exaltarlo y honrarlo con las primeras
cátedras para el bien público. …
Abadó: ‘Te recuerdo a ti, ¡oh José Campoy! Por cuyo deceso, en opinión de todos,
yo recibí el más grande dolor. La muerte pudo, es verdad, arrebatarte de mi
mirada, a ti, carísimo compañero de mis estudios; pero de mi memoria no podrá
alejarte o borrarte mientras viva. Tú, versadísimo en el conocimiento de las
ciencias más sublimes y profundas, habías bebido la teología en las fuentes
mismas de las Escrituras, Santos Padres y concilios. En tal forma tu habías
abarcado con tu mente la distancia, situación y descripción de los reinos,
provincias y ciudades, como si desde una altísima atalaya contemplaras todo el
orbe de la tierra. Tu tenías en tus manos el largo hilo de la historia, desde
el principio del mundo hasta nuestra época; y empleando siempre una más recta
crítica, explicabas las cosas más difíciles. A ti te eran más familiares todos
los antiguos padres de la latinidad, mejor que a mí, que conviví contigo
ininterrumpidamente desde niño: ¡Cuántas veces tú me ofreciste, cuando dudaba,
mayor luz que la que me habían ofrecido Parco, o Pompa o Nizolio, o el Tesoro
de Esteban, acerca del giro de una oración y de algún género de estilo y del
multiforme y versátil uso de la palabra! ¡Cuántas veces me explicaste los
pasajes oscuros y enredados de Plinio el Mayor y de otros antiguos, más clara y
completamente que los doctos intérpretes que antes había consultado…! Peor me
he dejado arrebatar demasiado por el dolor… y hago injusticia a quien,
libertado de esas miserias y de la durísima convicción de esta vida nuestra, le
ha sido dada, como espero, una vida dichosísima’”.)
Amadeo Hernández Coronado solía decir que Campoy era el único sabio
sonorense. Con excepción de una acreditada escuela secundaria que lleva su
nombre en Cajeme, que yo sepa el legado humanista de Campoy yace en nuestra
proverbial y materialista desmemoria; si acaso una furtiva mención en algunos
Simposios de Historia que versan sobre los siglos XVI al XVIII en nuestra
Aridoamérica.
El gobierno del Estado al través
del Instituto de Cultura, las cerca de una treintena de Universidades públicas
y privadas con que contamos, el Ayuntamiento de Alamos, la colonia de alamenses
que residen en la entidad tienen el derecho y deber moral de anotarlo en sus
agendas, pagar su deuda y honrar su memoria. El que honra se honra.
El 29 de diciembre próximo es una oportunidad preciosa, con motivo del 230°
aniversario de su muerte, para instituir otra tradición de índole humanista en
esa nuestra bella ciudad de los portales.
H or a c i o S o b a r z o, en sus CRONICAS BIOGRAFICAS, 1949, escribió:
“Campoy es una de las figuras más bellas y más interesantes de la historia de
México, por sus extraordinarios talentos y sabiduría, dice un distinguido
escritor.
Conociéndose la vida de aquél, se encuentra que Campoy constituía una
personalidad de consistencia muy poco común, cuyas facultades excepcionales
eran indispensables para desarrollar su actuación en la época que vivió. La
existencia de este hombre singular influyó poderosamente sobre los destinos de
la Nación, dejando huella imborrable en la historia. Desde el momento en que se
define la mentalidad libérrima de Campoy, se inicia el sentimiento patrio.
La fisonomía espiritual y moral del hombre es lo que importa conocer. Si no
fuera porque frecuentemente en el tiempo radica el mérito, prescindiríamos
del dato cronológico. Situado el hombre en su lugar temporal, en su
época, nos muestra su calidad, especialmente tratándose de actividades
especulativas. Otras informaciones nos explican aquella conformación moral y
espiritual, determinada por la herencia y el medio ambiente. La simple relación
de fechas nada dice; la descripción intemporal nada enseña. Independiente la
una de la otra constituyen apenas filiación de ficha identificatoria. La
descripción intemporal se asemeja a la reproducción fotográfica de algún
desconocido, cuya efigie carece de virtud evocatoria.
Por ello principiaremos consignando el hecho de que Campoy nació en Álamos,
Sonora el 15 de agosto de 1723 y fue hijo de don Francisco Javier Campoy y de
doña Andrea Gastelum. Los Campoy fueron de los primeros pobladores de los
Álamos, uno de los más avanzados puestos septentrionales de la Nueva España, en
los lejanos tiempos de la expansión conquistadora. Tales puestos demarcaban la
periferia del territorio sometido al señorío español y constituían un valladar
a las incursiones de las tribus salvajes que se oponían al avance de la
civilización hispánica. En aquellos destierros se vivía en incesante batallar,
tanto contra el aborigen sedentario que resistía esforzado la colonización,
como contra el nómada que no tenía otro medio de sustento que el pillaje.
La actividad que no consistía en guerrear se reducía a la crianza de ganados, a
las labores agrícolas y mineras que requerían esfuerzo fatigoso, ya que la
tierra de aquellas zonas desérticas no rendía sus frutos, sino bajo el apremio
de la constancia y la tenacidad, siempre acrecentadas éstas por la exigencia
caprichosa de la naturaleza, que si no negaba el agua hasta la sequía, la
proporcionaba en torrente devastador; y otras veces, cuando la sementera,
no sufría por causa de uno u otro extremo, la agostaba un sol calcinante o la
helada invernal; pero frecuentemente se frustraba la recolección. Sin embargo,
la despensa siempre estaba proveída, porque se oponía a la adversidad la
perseverancia, y ésta prodigaba el sustento nutritivo.
Los factores ambientes tenían que formar una casta de hombres fuertes de
espíritu y de cuerpo. Se vivía en un medio hostil que imponía a la colectividad
disciplina castrense y abnegación constante. El esfuerzo común establecía lazos
de solidaridad entre los vecinos de aquellos distantes lugares,
reforzados por vínculos de parentesco o estrecha amistad que generalmente
ligan a la mayor parte de los habitantes de pequeñas comunidades, sintiéndose
más cerca entre sí cuanto más apartados se hallan de la metrópoli o de centros
considerablemente poblados.
Evocando a César, Maneiro se explica a sí mismo, con gracia sutil y elegante,
el carácter esforzado del lejano colonizador. Recuerda que el autor de los
Comentarios de la Guerra de las Galias expresa que los belgas eran los más
aguerridos e intrépidos de todos los galos, porque aquellos no tenían contacto
con mercaderes que traficaban con elementos que hacen la vida muelle y cómoda,
que estregan el espíritu, enflaquecen la voluntad y atajan el ímpetu. Así, pensaba
Maneiro; liberado el campo remoto de la influencia del refinamiento urbano,
producía una juventud vigorosa y resuelta.
Todas estas circunstancias y aún el secreto instinto de la misión que
desempeñaban de demarcar límites remotos a la patria en formación, dotaba a los
colonos de virtudes excepcionales. La actividad miliciana en constante
ejercicio les infundía audacia; la necesidad de bastarse a sí mismos les
formaba espíritu laborioso y esforzado; la lucha contra la naturaleza avara los
hacía previsores; esta misma circunstancia establecía la sencillez y sobriedad;
la comunidad de intereses y peligros creaba la lealtad; la necesidad de
acrecentar la reducida comunidad daba lugar a la hospitalidad; y sentimientos
quizá surgidos de conveniencias actuales se convirtieron en congénitos,
para definir en la posteridad la fisonomía espiritual del pueblo sonorense.
Dentro de este contorno físico y moral vivió la familia Campoy, ocupando un
plano superior, que descansaba en la merecida consideración del vecindario,
sobre el cual, selecto por sus virtudes, se destacaban los prestigios de la
propia familia. Esta circunstancia se acredita por el hecho, según el decir de
antiguo historiador, de que la morada de los Campoy proporcionó su hospitalidad
por algún tiempo a don José de Gálvez, Marqués de Sonora. Cuando éste,
comisionado por el Rey Carlos III, recorrió la provincia con el
carácter de visitador General de la Nueva España.
Doña Andrea, se afirma, descendía de ilustre familia, cuyo fundador en Los Álamos,
fue aquel Gastelu protegido de Antonio Pérez, el famoso Secretario y valido de
Felipe II, y autor principal, con la hermosa princesa de Eboli, de complicada y
trágica intriga que le concitó el odio y persecución implacables del adusto
monarca. En su estrepitosa caída Pérez arrastró a su propio Secretario,
Gastelu (al mismo de quien hace memoria en una de sus obras), que también había
disfrutado de la protección del célebre monarca.
Buscando refugio y olvido en la Nueva España, vino Gastelu a dar con su
desventura a la remota Populópolis, nombre que nuestro biografiado daba a su
tierra natal, latinizando la denominación que tenía por la circunstancia de que
allí abundaba el álamo.
De estas familias singulares tuvo su origen José Rafael Campoy, en quien
necesariamente tenía que influir la herencia y el ambiente edificante. Su niñez
se desarrolló vigorosa como la de todas aquellos jóvenes, cuyas diversiones
consistían en rudos ejercicios campestres, justas hípicas y peligrosos
torneos, carreras, manejo de armas. En estas difíciles actividades eran
aleccionados los chicos por los vecinos de mayor edad. Estos, en sus
incursiones y campos, se hacían acompañar por aquéllos. Así se les
familiarizaba con el peligro, se les acostumbraba a soportar la fatiga y las
prolongadas caminatas; se les habituaba al uso de la indumentaria del guerrero,
de pesada piel, que protegía de las flechas que disparaba desde la emboscada el
indígena hostil.
Siendo muy niño, José Rafael Campoy fue llevado a la ciudad de México. El dilatado
recorrido, a horcajadas sobre su cabalgadura, de muchos centenares de
kilómetros, fue para él viaje placentero y fácil, avezado como estaba a sus
gustosas cabalgatas. Internado en el pupilaje de los Betlemitas,
donde aprendió los rudimentos de la educación con tal facilidad que pronto
reveló las excelencias de su talento. En esta congregación cenobítica sufrió
las primeras amarguras, con cuyo signo transcurrió su vida. Tocóle en suerte
iniciar sus estudios bajo la férula de severo mentor, cuya aspereza humillaba
la dignidad humana, ya claramente percibida y francamente defendida por la
precocidad del espíritu sincero, liberal e independiente de Campoy.
Después pasó al Colegio de San Ildefonso, distinguiéndose allí por su brillante
capacidad y su constancia en el estudio. Tanto ésta como aquélla fueron
estimuladas por el galardón de frecuentes honores y distinciones.
Poco tiempo después de ingresar al colegio mencionado, lo abandonó
subrepticiamente, huyendo de la ciudad, tras de haber vendido el manto y la
beca. Siguió un sendero a la aventura hasta llegar a un lugarejo ubicada entre
Tepotzotlán y Cuautitlán donde se acomodó al servicio de una campesina anciana,
ruda y atrabiliaria.
El estudiante Campoy, de catorce años de edad -en 1537-, se fuga de la escuela,
exasperado por la severidad de su maestro Miguel Quijano, de quien cosechó
abundante mies de azotes, según el decir de uno de los biógrafos de
Populopolitanus, como se llamó a sí mismo el sonorense, usando ese nombre como
seudónimo en sus escritos latinos, supuesto que era nativo de Populópolis, como
se ha dicho. A la edad de catorce años Campoy revela su independencia de
carácter, que lo condujo, andando el tiempo, a abandonar la filosofía
escolástica, para convertirse en precursor de la enseñanza de la filosofía
experimental, la filosofía moderna, circunstancia que le concitó sinsabores y
persecuciones múltiples, pues esta transformación ideológica significaba
colocarse abiertamente frente a las preocupaciones de la época y adoptar
determinada posición herética.
Cristóbal Escobar, que a la sazón era el Rector de San Ildefonso, no descansaba
en sus diligencias de localizar al fugitivo enviando indagatorias a todo el
contorno comarcano, con lo cual daba pública notoriedad a la escapatoria del rapazuelo
rebelde. La profusa divulgación de la pesquisa llegó a oídos de la campesina a
cuyo servicio estaba Campoy, en quien ella ya sospechaba cierta calidad
superior. En los bajos menesteres que había encomendado al futuro filósofo,
como alimentar cerdos y otros animales domésticos, extraer agua de un pozo, así
como diversas ocupaciones de la misma categoría, adscritas a la condición de
ínfimo criado, no era tratado con ninguna consideración por su patrona.
Esta ejercía su autoridad de ama con altanería e impiedad, de modo
que sublevaba al adolescente, quien frecuentemente hacía observaciones a la
anciana, llamándole la atención por su falta de comedimiento o por parecerle
debido cumplir las órdenes de aquella en forma más adecuadas. Ello daba
lugar a discusiones entre ama y sirviente, percibiendo la primera, no obstante
su zafia ignorancia, la precoz sensatez de éste.
Habiendo llegado a conocimiento de la anciana la averiguación que se practicaba
sobre el paradero del prófugo, sospechó desde luego que su propio doméstico
podría ser el objeto de la indagación, pronto hizo saber a uno de los Jesuitas
de Tepotzotlan las circunstancias de su recelo. El Jesuita a su vez
trasmitió la noticia a Escobar, quien seguidamente mandó identificar al incógnito.
Así el superior del Colegio descubrió el refugio de Campoy. Restituido éste a
la escuela, se le interrogó sobre el motivo de su escapatoria y contestó con la
sinceridad, que fue norma de su vida, que no huía del estudio, sino de la
rígida severidad y de los crueles castigos, que consideraba tan bochornosos
para el mentor que los infligía, como para el educando que los soportaba; que
estimaba que eran lesivos para la dignidad humana y contrarios a la comprensión
afectuosa y cordial indispensable para realizar los elevados fines de la
educación, que sólo podrían lograrse identificando en mutuo entendimiento los
factores activo y pasivo de la misma. Tales conceptos del estudiante
revelan tanto su sinceridad e integridad moral, apoyadas en inconmovible convicción,
que lo diferenciaron de su vida, como su clara inteligencia al percibir
tan joven normas inobjetables en materia educativa.
Retornado Campoy al estudio, se le puso bajo la dirección del maestro
José Avilés. Con éste, el joven sonorense ya no cosechó la abundante mies de
azotes que le prodigara Quijano que tan notable era en el saber, como
agrio en el carácter. Por lo contrario, Avilés era bondadoso y afable y
con suavidad infundía profundos conocimientos a sus discípulos, entre ellos,
Campoy y los notabilísimos Diego Abad y José Huerta, llamado éste el Cicerón
Mexicano, según José Mariano Dávila, que tantas glorias nacionales nos da a
conocer en sus múltiples y valiosos trabajos. Muerto Avilés, fue mentor
de Campoy y Pedro Rosales, que era considerado como un sabio y con quien
prosiguió aquél sus cursos de filosofía.
Durante gran parte de su vida Campoy no pudo eludir la influencia del medio,
que le infundió un afán ciego de disputar. Se convirtió, como dice uno de sus
biógrafos, en furibundo ergotista, capaz de discutir sobre los objetos más
abstractos o sobre los más absurdos entes de razón.
Semanariamente se efectuaban reuniones en la Universidad, llamadas sabatinas, a
las que concurrían los estudiantes de todos los colegios. Allí se trataba
sobre una conclusión determinada, designándose al efecto un actuante y varias
réplicas, y se entablaban ardorosas controversias.
Dícese de Campoy que era el pánico de los ergotistas con su genio y dialéctica
incontrovertible. Sin embargo, motivo de elogio era su moderación y serenidad
cuando discutía, muchas veces frente a ceguedad apasionada e
intransigente. La lengua latina, que era la que se empleaba en
tales actos, la manejaba Campoy con maestría incomparable. Uno de sus
notables mentores, Ignacio Rocha, lo consideraba la más terrible réplica entre
todos los estudiantes de los colegios de México; y uno de sus panegiristas
expresa que el propio Populopolitanus esgrimía la espada silogística con
terrible habilidad.
No obstante sus extraordinarias cualidades, como se dijo, durante algún tiempo
hubo de disputar, sólo por hábito, sobre cualquier tema, por superficial que
fuese. Como todos, fue arrastrado por la corriente ergotista, a la cual habría
de oponer dique posteriormente. Por fortuna aquel extravío intelectual fue
transitorio. No era posible que educado en el ambiente de la época, eludiese
por completo la influencia del medio; pero como era un genio y un
carácter, tenía que emanciparse de aquella sujeción adelantándose a su
tiempo. Y fue inclinándose a estudiar con plena libertad y criterio
científico, manumitiéndose de las preocupaciones y rebelándose contra toda
servidumbre intelectual. La inquietud renacentista que transformaba el
espíritu occidental esperó luengos años para iniciarse en nuestra patria
por medio de Campoy. Esta independencia de criterio le acarreó frecuentes
hostilidades, primero como estudiante y después ejerciendo la cátedra.
En cierta ocasión, después de haber sido examinado en teología, fue
reprobado por el hecho de que no repitió textualmente las lecciones de sus
maestros, pues ya se rebelaba contra los sistemas pedagógicos de su
tiempo. El hecho de que no recitase literalmente el texto teológico,
mostró su ignorancia. Sin embargo, en casos de reprobación, se concedía un breve
término al discípulo para rehabilitarse de la deshonrosa calificación.
Transcurrido ese corto lapso, Campoy sustentó nuevo examen demostrando de tal
manera su aventajada condición que además del alarde indispensable del prodigio
de la memoria, cuanta pregunta se le hizo la contestó brillantemente,
corroborando sus respuestas con oportunas doctrinas de maestros consagrados de
la Filosofía escolástica, lo que causó el asombro de todos los presentes y
motivó que fuese declarado por aclamación uno de los discípulos más
aprovechados, según relata alguno de sus biógrafos.
Habiendo abrazado Campoy el Instituto de San Ignacio de Loyola y entrando a la
Compañía de Jesús en Tepotzotlán, lo que efectuó el 27 de Noviembre de 1741,
(*) se apoderó de él un afán invencible de saber, de estudiar; pero de
estudiar con libertad e independencia.
Su manía de discutir se convirtió en noble anhelo de aprender, y cultivó con
constancia y ahínco las letras, la historia de la humanidad, la física, la
geografía, las matemáticas, la astronomía, la historia natural y, sobre todo,
la filosofía experimental, adquiriendo un caudal extraordinario de
conocimientos.
Logró acumular un acervo científico, poseyendo un clarísimo talento, que logró
la admiración y el respeto de hombres célebres, como Juan Luis Maneiro, José
Agustín Castro, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, José
Julián Parreño, José Abad, Gregorio Mayans y Siscar, José Francisco de Isla....
que forman una pléyade selecta y brillante de historiadores, filósofos,
oradores, poetas, teólogos, juristas, críticos, algunos de los cuales nos
legaron abundantes y sustanciosas noticias del ilustre sonorense.
Expresa Maneiro haber oído de labios de algunos de ellos, ya cuando tenían
nombre prestigioso en el mundo de las letras, que en la formación de su gusto
literario fue factor importantísimo el trato con Campoy; y agrega el notable
biógrafo veracruzano que nadie podría hacer la apología de cualesquiera de los
distinguidos compañeros o discípulos del propio Campoy, sin reconocer la
influencia que éste sobre ellos ejerció.
La filosofía fue el motivo preferente de su vida estudiosa, tanto porque poseía
un espíritu invenciblemente investigador, cuanto porque sentía profundo amor a
la verdad, siendo Aristóteles númen de su inclinación predilecta, de quien se
consideraba discípulo desde la época en que en las aulas creyó interpretarlo
disputando ciegamente. Su misma devoción hacia el estagirita lo condujo a
estudiar cada vez más la profunda obra del maestro y encontró que éste era muy
distinto al que su imaginación había forjado bajo el influjo nocivo del falso
peripatetismo imperante. Ahora el pensamiento del mentor de Alejandro Magno era
el apoyo del verdadero espíritu filosófico y científico, no el pretexto de ergotizaciones
sin substancia. Asimismo, objeto de predilección en sus estudias literarios fue
Cicerón, y, lo mismo del filósofo griego la que del orador romano, obtuvo el
mayor provecho en el cultivo de las múltiples ciencias a que consagró su vida.
Refiere uno de sus apologistas que cierto día, a solas en el jardín del
colegio, meditaba profunda y atentamente Campoy sobre una obra de Cicerón. De
pronto, como iluminado por una de esas inspiraciones que infunden convicción
definitiva, exclamó: “Este hombre revela una inteligencia solidísima en sus
argumentaciones; éste, uno de los primeros de cuantos ha tenido la república
literaria, ¡con cuánto empeño luchó por la consecución de la verdad! ¡Santa
verdad! ¿Cuando surgirá la edad de oro? ¿Cuándo seremos los hombres tan
sinceros, que confesemos “esto dudo”, “esto no comprendo”, “esto completamente
ignoro”? Desde aquel momento plasmé para siempre su convicción del apostolado
de la verdad, que habría de acibarar su vida. Todo cuanto después logró Campoy
cultivando en constante depuración las humanidades, la teología, la geografía,
la geometría, la oratoria y otras materias de la erudición, en que destacaba
preeminentemente, lo debió a la norma emancipadora que se impuso, modelando y
disciplinando su espíritu por sí mismo, sin ayuda de maestro, supuesto que
actuaba contra el propio ambiente en que vivía y contra los prejuicios del
medio imperante.
En aquella época en que estaba en Tepotzotlán entregado por completo a la
especulación de distintas materias, fue enviado por los superiores a la Puebla
de los Ángeles, como se le llamaba a la ciudad de Puebla a continuar sus
estudios de filosofía; y, posteriormente, transcurrido un año, fue
trasladado a San Luis Potosí, como profesor de gramática latina cargo que desempeñó
durante dos años.
Siendo para Campoy excelsa la función didáctica, se consagraba a ella con
abnegación y ahínco. Ejercitando sus facultades de consumado mentor,
sabía cómo trasmitir eficazmente sus conocimientos. Poseía el
secreto de hacer amena la materia más tediosa y su elocuencia espontánea y
natural daba carácter sugestivo a la enseñanza, siempre embellecida con la
profunda y atinada observación del sabio consejo, la varia digresión y el
original comentario. Infundía el amor al estudio con el ejemplo e
indudablemente su eficiencia como maestro se debía en gran parte a su vida
edificante que, aún en su aspecto meramente humano, no tenía otra meta que la
ciencia. Respecto de la materia que enseñaba en San Luis, sustentaba el
criterio con insistencia persuasiva, de que la disciplina gramatical era el
firme apoyo del conocimiento de la literatura.
La circunstancia de conocer con verdadera profundidad la lengua de Cicerón, le
valió el honor de ser designado para pronunciar en el Colegio del mismo San
Luis una oración fúnebre en memoria de Felipe V, la cual consideró como obra
maestra de pureza de latinidad y elocuencia.
Diego Abad, amigo entrañable de Campoy y famoso especialmente por su poema
Heroica De Deo Carmina, que se estimó obra del más correcto latín, publicó en
Italia la “Dissertatio ludrico— seria de exterorum latinitate”, en la
cual acreditaba el conocimiento profundo de Carnpoy sobre 1os más celebrados
autores de la antigüedad que escribieron en la lengua del Lacio, así como la
incomparable facilidad con que interpretaba los difíciles y poco claros
períodos de las obras de a1guno de ellos, y por el hecho de ser
extraordinariamente versado en los clásicos, se consideraba digno a Campoy de
contársele entre los ilustres expositores que gozaban en aquellos días de la
mayor reputación.
De dicha disertación, Maneiro nos da a conocer las siguientes palabras:
“Me acuerdo de ti, José Campoy y he sentido tu óbito mucho más de lo que
pudiera creerse. Pudo la muerte arrebatarte de ante mis ojos, compañero
queridísimo de mis estudios, pero no podrá borrar de mi mente tu recuerdo
mientras viva. Versadísimo en el conocimiento de las ciencias más sublimes y
elevadas, habías bebido la Teología en las fuentes mismas de las Escrituras, de
los Concilios y de los Santos Padres. Tú las distancias, situación y
descripción de los reinos, provincias y ciudades conocías tan a fondo, que
dijérase que habías contemplado desde altísimo observatorio todo el orbe de las
tierras. Tú tenías en las manos el largo hilo de la historia desde los
comienzos del mundo hasta nuestros tiempos, y poniendo siempre por obra la más
sana crítica, desentrañabas los problemas más complicados. Más que a mi que
viví contigo asiduamente desde niño, érante familiares los antiguos padres de
la latinidad. Cuántas veces, cuando yo dudaba acerca de la construcción de una
frase, de algún modo de decir o del uso multiforme y variable de algún verbo,
me diste más luces que las que hubieren podido proporcionarme Paré o Pompa o
Nizzoli o el Tesoro de Estéfano. Cuántas otras me explicaste pasajes obscuros
de Plinio el Viejo y de otros autores antiguos, más clara y llanamente que los
doctos comentaristas que antes había consultado.... Pero, dejándome arrebatas
de mi excesivo dolor, ofendo a Aquél que te sacó de las miserias e iniquísima
condición de esta nuestra vida, para recompensaste, como espero, con la eterna
felicidad”.
En la agilidad, brillante elegancia y corrección con que manejaba la lengua
latina, así corno en la familiaridad con autores de primera calidad, destacose
de manera tal, que, concediéndose que las musas fueron propicias a los
novohispanos, no se encontraba que hubiera habido en aquella época, dentro de
su patria, ningún otro que pudiera comparársele en ese aspecto.
Nuestro Campoy fue un gran orador, como expresa José Mariano Dávila en la
síntesis biográfica del padre Agustín Castro, al afirmar que estando en aquella
época tan corrompido el gusto del arte de la oratoria por los necios
predicadores, que desde el tiempo en que ‘apareció la obra satírica (Fray
Gerundio de Campazas), del padre José Francisco de Isla, y que eran conocidos
con el título de “gerundianos” Campoy y otros grandes ingenios se
propusieron devolver el debido lustre a la cátedra.
Sobre este particular coinciden diversos autores, pero más expresivo que nadie
es Maneiro en su espléndida apología de Campoy, la cual es una fuente preciosa
para conocer la vida del preclaro sonorense. Este trabajo del notable autor
veracruzano nos ha guiado preferentemente en la catalogación de las noticias
que aquí reunimos de nuestro coterráneo.
La palabra de Campoy era fácil y correcta y, con frecuencia, subyugante y
arrebatadora, aún en la peroración o arenga improvisada. Sus admiradores
refieren hechos concretos y dan testimonio de estas circunstancias. Trasmítese
la versión de testigo presencial de haber visto y admirado éste con asombro,
cómo una multitud, entre la cual se encontraba don Manuel Arellano, distinguido
y renombrado médico, y otras personas de superior condición por su saber,
oyendo la palabra de Campoy, la muchedumbre entera, Arellano el primero, cayó
de rodillas conmovida y transportada, ante la elocuencia avasalladora del
orador.
Antes de que éste se hiciera cargo de la dirección de la congregación que
desempeñó en Veracruz, aconteció que el prefecto, que debía dirigir la palabra
a la propia congregación, repentinamente se vió impedido para ello, y así, de
pronto, fué substituido por Campoy, quien produjo elocuentísima improvisación.
En estos casos él orador daba la impresión de que leía, supuesto el método, el
enlace de los períodos, la sistemática trabazón de las ideas y el correcto
desarrollo de la argumentación.
No sólo con la palabra logra el orador la elocuencia. Se requiere el concurso
de otros factores, como la apariencia atrayente de la persona, que predispone
al auditorio favorablemente; el ademán y el gesto, que aumentan la vida de la
expresión oral; la entonación y modulación, que libran de la monotonía del
discurso. La naturaleza fue pródiga concediendo a nuestro biografiado las
dotes que constituyen al orador completo. Su semblante noblemente sereno,
parecía iluminarse con la propia luz de las ideas y adquirir con la disertación
misma, majestad tribunicia; su mirada, su ademán, su gesto, en espontánea
coordinación con el tema, nutrían de personal vigor la exposición; la voz
adquiría variada flexión modulante, conforme al sentimiento que inspiraba la
arenga.
Estas prendas naturales unidas a la posesión de los secretos más recónditos y
expresitos de los idiomas latino y castellano, lo mismo que su conocimiento,
amplio y versado, de los clásicos de la antigüedad y de los más diversos
autores de su época, realizaron en la palabra de Campoy el milagro de la
elocuencia. Las facultades naturales frecuentemente sólo constituyen
posibilidad latente, frustrada por falta de medios o de ambiente o por carencia
de vocación para el estudio. Pero éste, en Campoy fue afán e inquietud
primordiales de su existencia. Sólo mediando tales circunstancias pudo escalar
el plano a que se elevó y conquistar los prestigios que diferenciaron su
personalidad. Así, cuenta José Mariano Dávila que a Campoy siempre se le
encontraba con la pluma en la mano escribiendo versos o elocuentes discursos en
latín o castellano, o bien con el compás y la pizarra levantando planos y
rectificando algunas de las demostraciones de Euclides.
José Julián Parreño y el propio Campoy ejercieron, por la fuerza de su
exquisito gusto literario, la más trascendental labor depuradora al par de
Francisco de Isla y de Cervantes, respecto de la literatura de ¿a caballería
andante, contra el gongorismo oratorio, que prevalecía en aquella época, hasta
aniquilarlo, no por medio de armado caballero, ni de la sátira de Fray
Gerundio, sino por el ejemplo de la pureza y el estilo afinado. Y otra
ardua tarea se impuso a sí mismo el sonorense enseñando la filosofía
experimental, contra todas las preocupaciones y prejuicios del tiempo. Con
Campoy se inician, deben reconocerse, los primeros pasos en la emancipación
ideológica y, consecuentemente, política.
Uno de sus biógrafos expresa que así como Sócrates surgió para crear y difundir
en su tiempo la verdadera filosofía asimismo vino al mundo Campoy en el suyo
para renovar las ciencias entre sus compatriotas los mexicanos, y aunque este
ímpetu reformista no le costó tanto como a Sócrates su filosofía, sí le deparó
la mayor infelicidad. Grande como fué su infortunio, no se quebrantó
jamás su entereza ejemplar. El medio conservador engreído con su peripatético
gongorismo, su retardatario estacionamiento coludió todas sus fuerzas para
atajar la amenaza disolvente de la prédica del peligroso esparcidor de
novedades. El agudo instinto de conservación de la vetustez percibe finamente
en la novedad una ley de selección. Ese cauteloso instinto persiguió a Campoy,
postergándolo, aislándolo y censurándolo.
Como veremos después fue apartado o confinado en Veracruz, y con fútiles
pretextos se le cerraban las puertas de la cátedra, o se le impedía el
ejercicio del magisterio. Vacante en cierta ocasión la cátedra de humanidades
en Tepotzotlán, el superior consultó el parecer de Diego Abad, respecto del
maestro que debía designarse. Aquél desde luego respondió: “Felizmente abundan
los que por su capacidad pueden ser nombrados; pero no encuentro persona alguna
más versada que Campoy en el conocimiento de las letras latinas”. El
superior bien comprendía la verdad de tal circunstancia, sin embargo rechazó de
plano la propuesta, temeroso de que Campoy estableciera distintos sistemas de
enseñanza, más bien, nuevo criterio en la cátedra, o se desviase del gusto
organizado o impuesto en la literatura.
Estas injustas postergaciones, resultado frecuente del desconocimiento de la
egregia aptitud de maestro, no sembró el desaliento en el mismo, ni amenguó su
fortaleza, pues continuó indiferente el camino que se había trazado en busca de
la verdad y en la depuración de la ciencia y el arte, contra todo prejuicio
vigente.
Tiempo había de transcurrir para que se sintiera en las naciones americanas el
ímpetu innovador que agitó a la conciencia europea a partir del siglo XV. Al
agonizar esta centuria, apenas si se inicia la formación de aquellas; pero no
bien plasma el pensamiento del nuevo pueblo, se percibe la repercusión por el
conducto más propia, es decir, un espíritu superiormente elaborado: Campoy, el
primer brote de la inquietud renacentista en nuestro continente.
Después de dos años de permanencia en San Luis, fue llamado a México para
impartir un curso de teología en el Colegio de San Pedro y San Pablo. Fuera de
sus obligaciones magisteriales, su vida no varió con su nuevo cargo, pues se
reducía exclusivamente al estudio y 1a meditación, sus hábitos entrañables. Por
haberse negado en cierta ocasión a participar con sus compañeros en una
excursión campestre, fue reprendido por el superior del colegio. Abstraído
totalmente en sus especulaciones, como estaba Campoy, le respondió invitándolo
a leer un libro que tenía en sus manos, señalándole el párrafo que en
aquel momento ejercía tal seducción en su espíritu.
La biblioteca del colegio era el albergue hospitalario de abundante selección
de insignes autores antiguos y contemporáneos. Acogedora convivencia abría
campo a la más variada y heterogénea representación del pensamiento en la
filosofía, la ciencia y el arte, con su pródiga diversidad, como símbolo de
comprensión humana. Ningún ambiente más propicio, con su grata serenidad,
para el afán investigador de Campoy y para el aliento de su devoción por el
estudio. Allí fijó su residencia, puede decirse, pues no de otra manera
se habría adentrado aquella universalidad, versándose en su contenido y aún en
la colocación más recóndita de cada volumen, a fuerza de su constante manejo.
Al auxilio del propio Campoy ocurrían sus compañeros para en centrar alguna obra
muchas veces oculta en ignorado resquicio; y así, libros apolillados por los
años de paciente olvido, surgían de su hermético abandono al requerimiento
fácil y familiar del asiduo visitante.
Expresa Mneiro que estando Campoy en Puebla, se le mandó trasladarse a
Veracruz. Aparece, pues, que del Colegio de San Pedro y de San Pablo, de
México, se le removió nuevamente a Puebla y de allí se le envió le envió al
mencionado puerto. Se ha afirmado que esta última promoción fue un castigo que
sé le impuso por haber adoptado métodos innovadores en la enseñanza, contrarios
al peripatetismo escolástico y por su precursora tendencia hacia la filosofía
experimental, que se consideraba proclividad nociva y peligrosa. Se le privó de
sus cátedras y se le confinó a Veracruz, lugar mortífero donde probablemente no
viviría un año, dice el padre Agustín Rivera, insinuando la idea de qué negra y
malévola intención le impuso el exilio en aquel lugar.
Sobre el hecho del confinamiento están de acuerdo José Mariano Beristain y Souza
y el mencionado padre Rivera. Pero tal circunstancia no está debidamente
acreditada, por tratarse quizá de un castigo encubierto en el desempeño de una
misión ec1esiástica la cual no es fácilmente explicable, menos por el largo
tiempo de quince años. Apreciándose la calidad del hombre en su aspecto
intelectual, su sapiencia y extraordinarias facultades de mentor, el puesto
indisputable para él estaba en la cátedra universitaria. Resulta fuera de duda
que nuestro Campoy vivió dentro de un medio hostil y adverso, sufriendo
censuras, postergamientos y remociones frecuentes que lo apartaban de la
enseñanza. Fue, dice Maneiro, objeto de falsas murmuraciones de parte de
individuos a los cuales movía a risa aquella como enajenación actual con
que Campoy se hundía en sus meditaciones, y se olvidaba casi por completo de su
misma persona y del trato humano y fue tomando cuerpo la opinión de que
aquél era más que nada aficionado a novedades. Es frecuente la alarma del
prejuicio muchas veces escondida bajo la mueca de la burla, pero le infunde
pánico la intuición de su próximo fin. Campoy avizorando horizontes
lejanos y señalando nuevas rutas constituía grave amenaza para el
conservatismo, incondicionalmente apegado a la tradición.
El biógrafo excelso a quien hemos seguido en estos apuntes y que salvó del
eterno y absoluto olvido al sonorense dice:
“La injusticia de los tiempos fue culpable de que no se reconociera la
excelencia de sus méritos por los mismos que debieron exaltarlos para bien del
público y condecorar a su poseedor con los más elevados magisterios. Porque
Campoy, sin maestro que le orientase en sus estudios, sin el aliciente de
recompensa alguna, sino tan sólo por el deseo de saber y de nutrir su
inteligencia con el contenido de las artes liberales, alcanzó tanta fama
de sabiduría y erudición, que a la verdad puede merecidamente parangonarse con
Franklin y otros preclaros varones de igual grandeza que América produjo en el
siglo XVIII. Para hacer esta afirmación no sólo nos basamos en el testimonio de
algunos mexicanos renombrados en el campo de las letras, sino más que nada en
la autoridad del padre Abad, testigo en este caso de mayor excepción, persona
conocidísima en ambos mundos por su sobresaliente ciencia, y a quien fue muy
familiar desde su más tierna edad las extraordinarias dotes intelectuales de
Campoy.
El apartamiento en que se mantuvo a Campoy, la crítica acerba de que fue
objeto, la preterición que lo privó de la cátedra a cuyo cargo le conferían
derecho la excelencia de su erudición y su aptitud vocacional, le causaron
penas y desilusiones que soportó con la mayor dignidad, pues no aparece dato
que revele que haya expresado en forma alguna su amargura. No se logró
quebrantar su entereza, y conservó inalterable su criterio en conformidad
con su insobornable convicción, como auténtico hombre de ciencia. Su vida
ejemplar (catoniana, dice uno de sus apologistas) discurrió por el camino
del apostolado que, con sus angustias, le confirió el honor de ser el
primero en América que enseñó la filosofía moderna.
Durante quince años desempeñó Campoy en Veracruz la prefectura de la
congregación llamada de los Dolores, ejerciendo el magisterio. Sólo una vez en
ese lapso interrumpió sus tareas, por haber sido llamado a México, donde
permaneció por varios meses; pero requerido por los principales veracruzanos,
según José Mariano Dávila, regresó al puerto, lo que parece indicar que no hubo
tal destierro o que Campoy lo prefirió al ambiente hostil de la metrópoli.
Ejerciendo el magisterio en la congregación, estuvo a punto de cerrarse por
falta de recursos el colegio que dirigía el ilustre jesuita; pero a impedirlo
ocurrió la munificencia de algunos vecinos, encabezados por don Francisco
Crespo, jefe político del puerto, proporcionando cuantiosa suma para su
sostenimiento. Este acto interpreta el general afecto que el maestro conquistó
en el lugar.
El aposento de Campoy, donde había formado selecta biblioteca, era el centro de
reunión de personas que oían con deleite la sabia palabra del filósofo. Entre
los asiduos visitantes contaban individuos de la marina real, que, con el
trato del erudito maestro, adquirían nuevos conocimientos en su propia
profesión, es decir, en náutica. Estos marinos fueron el medio por el cual
Campoy fue adquiriendo renombre en España. Muchos de ellos trabaron la más
estrecha amistad con aquél, lo que motivó que, cuando se trasladaban a España
en sus viajes habituales, continuaran unos y otro en comunicación epistolar.
Los propios marinos, mostraban con placer las substanciosas misivas del
maestro, que eran muy celebradas en Madrid. De modo casual conoció algunas de
esas cartas don Gregorio Mayans y Siscar, ilustre polígrafo valenciano de gran
nombradía. Lo entusiasmó el contenido de las epístolas, por su pureza de
estilo, la profundidad del juicio y la honda erudición que
denotaban; y movido de noble sentimiento de admiración, se dirigió
a Campoy con expresiones elogiosas, ofreciéndole su amistad, la que el
sonorense correspondió estableciéndose así cordiales relaciones, fortalecidas
cada vez más por la recíproca consideración y renovadas por asíduo intercambio
epistolar.
Cosa idéntica se relata respecto de José Francisco de Isla, pues éste impulsado
por la misma espontaneidad ocurrió al maestro, creándose así entre ellos vínculo
afectuoso, que después se estrechó hondamente con el trato personal en Italia
por el resto de la vida. Prueba de tal amistad consiste en el hecho de
que Campoy obtuvo de su amigo y admirador, don Francisco Crespo, gobernador de
la ciudad de Veracruz, dos mil onzas de plata que donó a la Isla para que
editase la traducción que éste había hecho del Año Cristiano de Croisset.
Ocupación predilecta en el puerto fue para nuestro compatriota un estudio y
explicación de la Historia Natural de Plinio –el viejo—, que después terminó en
Italia. Estimaban sus admiradores que tal estudio no era inferior a
las obras de Bufón y Bomare, y asimismo un proyecto de colonización de la
provincia natal, con un puerto en el Pacífico, inmediato a Populópolis.
Quince años como se ha dicho antes, pasó nuestro sabio en Veracruz(1) dedicado
al estudio y la enseñanza de distintas materias, particularmente la filosofía
experimental, lo mismo que a su religiosa misión, siendo considerado un
virtuoso pastor que logró “morigerar las costumbres tan estragadas en aquel
puerto”, como se expresa uno de sus biógrafos, aunque según Maneiro no había
tales costumbres estragadas.
La opinión del padre Campoy fue considerada como orientadora tanto en a Nueva
España, donde las autoridades lo consultaban sobre asuntos de la más diversa
índole, como después en Italia sus propios compañeros, que, no obstante haber
entre ellos hombres de gran erudición, lo tenían como maestro.
Dedicado a su misión educativa, estudios filosóficos y trabajos literarios, lo
sorprendió la orden de extrañamiento de la Compañía de Jesús de todo el reino
español, expedida por Carlos III. Nadie como él acató la expulsión con mayor
serenidad y fortaleza, dando una nueva prueba de su inquebrantable carácter. La
expatriación, ahora sí con su carácter definido de destierro, era simplemente
una nueva fase de su infortunio y cambio de lugar en su aislamiento unas
cuantas prendas, sus papeles y varios libros constituyeron su bagaje.
La resignación característica de su espíritu ante los sinsabores que se
prodigaron en su vida se observó en la navegación, y su ejemplo fue medio
de atenuar la amargura de sus compañeros de viaje. Más le interesaron
siempre sus estudios que cualquiera otra circunstancia de conveniencia
meramente personal y así en el duro trance de la travesía, menos que detenerse
a considerar su situación con respecto a lo porvenir, se dedicó a hacer
observaciones sobre navegación o náutica interrogando a los marinos, a quienes
causaban admiración los conocimientos del jesuita en la materia y en otros
aspectos relacionados con la misma. Tanto éste como aquellos aprovecharon
la ocasión para aumentar recíprocamente sus conocimientos.
Llegado a Italia, se le señaló Ferrara para su residencia, lo mismo que a
otros de sus compañeros. Allí continuó el desterrado su vida habitual de
estudio, sirviendo como siempre de guía en distintos aspectos del saber
para aquéllos que reconocían su sabiduría. Uno de ellos, antaño su detractor,
hubo de reconocer su propia injusticia, convicto por la fuerza de la verdad,
una vez que trató de cerca al maestro y apreció las excelencias de su eximio
saber explicando que la causa de su error no había sido otra que la opinión de
los más eminentes hombres de letras de México que en aquella época se
aterrorizaban ante el mas pequeño conato de novedad.
En Ferrara continuó su traducción e interpretación de Plinio y guiado por su
espíritu analítico, trataba siempre de comprobar las observaciones del
naturalista latino y hacerlas suyas objetivamente. A tal efecto
ocurría a los mercados para examinar los peces, y aún los adquiría para sus
disecciones; también frecuentaba los jardines, realizando estudios sobre
botánica, y distintos lugares, donde pudiera adquirir algún conocimiento. En el
misito lugar estableció relaciones de amistad con el director del Jardín
Botánico obteniendo acerca de plantas desconocidas información muy valiosa para
sus estudios.
Posteriormente fue trasladado a Bolonia, donde siguió su vida habitual e
invariable de total apego a la investigación científica. Allí lo sorprendió el
Decreto de disolución de la compañía que aceptó con la misma resignación que el
exilio, cumpliendo su voto de obediencia. He aquí una nueva manifestación de la
probidad abnegada de Campoy. Tal decreto debió de haberle causado la más honda
pesadumbre supuesto su cariño por la institución a la cual había consagrado su
existencia. Sin embargo, ello no fue óbice para seguir su norma de vida
laboriosa. Además de la versión de Plinio en que se atareaba incansable y
gustosamente, siguió con asiduidad delineando un mapa de la América
Septentrional.
xxx
“La renovación de la Filosofía, dice José Bravo Ugarte, en su Historia de
México, con los datos ciertos de las nuevas ciencias experimentales, que
caracteriza la segunda mitad del siglo XVIII, se fue al extremo de incluir a
éstas en aquella y despreciar, sin distingos, la Escolástica. Iniciadores del
movimiento, son los jesuitas Campoy, Abad y Clavijero; y sus impulsores, el
oratoriano Díaz de Gamarra, el Presbítero Guridi y Alcocer, y el carmelita San
Fermín”.
Su amor a las ciencias experimentales le causó sinsabores infinitos como ya lo
hemos expresado; la privación de ciertos puestos del magisterio en México,
después de haber sido maestro de filosofía y humanidades en varios colegios; y
aún le costó el destierro; pero le confirió el honor de ser el primero en
Nueva España que enseñó la filosofía experimental.
“Este jesuita americano fue —dice José Mariano Beristain y Souza— no solamente
uno de los más doctos de sus compañeros, sino él primero que se abrió paso al
nuevo camino de las ciencias en la provincia de México, donde el demasiado
horror a toda novedad en punto de doctrina y enseñanza, ponía insuperables
barreras a los progresos de la buena y bella literatura. Por esta razón
fue nuestro Campoy apartado de la carrera escolástica, murmurado, perseguido y
confinado en Veracruz”.
Hemos dicho anteriormente que siendo Campoy un genio y un carácter, tenía que
emanciparse al medio ambiente en que vivía, adelantándose a su tiempo.
Esta anticipación genial nos la presenta el combativo y ardoroso polemista
Agustín Rivera en original alegoría de hondo sentido en sus Principios Críticos
sobre el Virreinato de la Nueva España y sobre la Revolución de Independencia:
“Referiré a mis lectores 1a Visión de Campoy, suplicando a aquéllos a quienes
ha concedido el cielo el don divino de la poesía, que la canten en hermosos
versos. En una noche de insomnio de 1753, el filósofo desterrado en Veracruz
estaba sentado en una vieja cátedra, cuyo borde se veía gastado por el continuo
manoteo; en una cátedra azotada por las olas de las murmuraciones, más furiosas
que las olas del mar y rodeado de cadáveres humanos; tirados se hallaban en el
suelo un Goudin y unos cartapacios; el jesuita tenía la mirada tranquila y fija
en el porvenir, y una guedeja caída sencillamente sobre la frente, ocultaba la
profundidad de un pensamiento, cuando se le apareció la Filosofía de Descartes
sobre la cima del Citlaltépec; esa Filosofía que echó abajo la Filosofía del
falso Peripato, Juzgada por madame Stael con su acostumbrada profundidad; la
Filosofía de Descartes, el punto de partida de la Filosofía Moderna, la madre
de la civilización del siglo XIX, la concepción sublime de Descartes que ensayó
demostrar toda la Filosofía, partiendo de la presencia necesarísimo del
pensamiento de sí mismo y de la identidad del pensamiento con la existencia”.
“Como el jesuita Campoy fue el porta-bandera de la filosofía moderna en la
Nueva España, el jesuita Parreño fue el porta-bandera de la oratoria moderna en
la Nueva España. Uno y otro podrían haber puesto en su respectiva bandera como
lema este verso de Estacio: “Este es para mí el primer día de una época y el
umbral de la vida”.
“Campoy: “Este es para mi el primer día de la época de la Filosofía
Moderna en la Nueva España y del umbral de la vida”. De la vida
intelectual, moral y material. Porque entre los hombres pensares es hoy
una cosa averiguada que los principios de la filosofía moderna han sido el
polen de la nueva forma y de la vida política de todas las naciones de Europa y
el polen de la independencia y de la vida política de todas las naciones
americanas …”.
La férvida admiración de Rivera por el padre Campoy evoca frecuentemente la
memoria de éste, siempre en términos elogiosos. Veamos distinta obra de
aquél, esto es, la Filosofía en Nueva España:
“Campoy es una de figuras más bellas y más interesantes de la historia de
México, por sus extraordinarios talentos y sabiduría, por su alma de filósofo y
por haber sido el primero que dio en México el grito de libertad e
independencia del antiguo peripato y proclamó la filosofía moderna. Fue
privado de su cátedra de Veracruz, y el hijo del desierto de Sonora abrió en la
misma Veracruz otra cátedra más grande. Fue privado de la cátedra
escolástica y empuñó la pluma y emprendió otra carrera social más amplia, más
útil, más honorífica. Se le confinó a Veracruz, ¿Cómo quien dice nada!,
lugar mortífero donde probablemente no viviría un año; y su organización de
fierro, no digo bien, su alma de fierro venció al “vómito” quince años; y su
palabra rompió el sitio y no tuvo más horizonte que los horizontes de
Europa. Le cercaron las murmuraciones, el luto y las penas de contínuo; y
con alma de filósofo los soportó. Porque sabía bien esta sentencia de San
Gregorio el Grande: “Nada hay más inexpugnable que la verdadera
filosofía”, y aquélla que cinco siglos antes de San Gregorio había
pronunciado Séneca: “La filosofía es un muro inexpugnable: la
fortuna, a pesar de golpearlo y combatirlo con muchos arietes y catapultas, no
pasa sobre él”.
Como se dice antes, Agustín Rivera siente
cálida admiración por Campoy. En el mencionado libro el primero, La
Filosofía en Nueva España, invoca los más destacados pensadores de la época
colonial, que por cierto abundaron, y a nadie cita con mayor
frecuencia y entusiasmo que a Campoy y para ninguno tiene frases más fervorosas
y laudatorias que para el mencionado filósofo: “Campoy fue un jesuita
nativo de Álamos en el actual Estado de Sonora, de supremo talento, de vasto
saber y de genio ardiente y audaz. Siendo catedrático de Filosofía en el
Colegio de Veracruz poco antes de 1752, aborreció la filosofía
seudoperipatética tanto cuanto sus maestros se la habían hecho aprender y
amar; de manera que aunque el texto y el objeto oficiales de la cátedra
eran la filosofía antigua, él, desentendiéndose de ellos, enseñó a sus
discípulos la filosofía moderna, por lo que fue destituido de la
cátedra. Y aunque dicha enseñanza de Campoy fue extraoficial y duró poco
tiempo, y aunque l academia del mismo fue doméstica y privada, éstos hechos
bastan para darle la palma de iniciador y porta-bandera de la enseñanza de la
filosofía moderna en Nueva España”.
Es debido hacer hincapié en el hecho trascendental de que Campoy fue el
precursor de la reforma filosófica en nuestro país, y esta circunstancia
le confiere personalidad honrosamente distinguida. Sin
embargo, otros atributos le otorgaban egregia identificación.
Todos estos conceptos han sido sustentados por ilustres contemporáneos
del excelso alamaense y, sucesivamente, a través de los años, por distintos
historiadores, hasta Gerard Decorme, cuya evocación sobre Campoy constituye
ilustrativa y vigorosa semblanza, expresando que el primero que se lanzó a
abrir caminos nuevos fue el indómito e incansable sonorense P. José
Rafael Campoy.
Campoy fue bíografiado por Juan Luis Maneiro, cuya obra en latín se considera
magistral, y por Agustín Castro. En el Diccionario Universal de Historia y de
Geografía dirigido por Orozco y Berra, aparece cordial semblanza del filósofo,
de la cual es autor José Mariano Dávila. José Mariano Beristain y Souza lo
incluye en su Biblioteca Hispano Americana Septentrional. El Dr. Félix
Osores lo llama el sabio entre los sabios. Don Mariano Cuevas, autor de la
Iglesia en México, lo llama una gloria sonorense. Decorme, en su obra
citada habla de la cabeza descomunal de Campoy. Mayagoitia, autor del
Ambiente Filosófico de la Nueva España, dice que se necesitaba un hombre muy
superior a las circunstancias y que tuviese la decisión y valor necesario para
enfrentarse con su siglo a iniciar la reforma de los estudios filosóficos en
Nueva España, como el sonorense Campoy.
No he encontrado óbice alguno para hacer en este apunte una serie de
interpolaciones o compulsas, pues ello tiende a acreditar la convergente
opinión autorizada y cálida a través del tiempo, sobre la superior calidad de
Campoy.
Entre los valiosos trabajos del notable jesuita se mencionan: “Oraciones
Latinas y Castellanas”, “Cartas al Padre José Francisco de Isla”, “Cartas al
Sr. D. Gregorio Mayans”, “Proyecto Cristiano y Político para Nuevas
Poblaciones y Comercio en la Provincia de Sinaloa”, “Interpretación de los
Libros de Plinio Veronense”, “Oración Fúnebre a Felipe V”, ‘Vida de la Esposa
de D. Francisco Crespo, Gobernador de la Plaza de Veracruz”, “Carta Geográfica
de la América Septentrional”.
Todas sus obras se perdieron. Hemos dicho que su vida discurrió bajó el signo
de la amargura, aunque ésta nunca acibaró su espíritu. Lo mismo podemos decir
de su memoria póstuma, que guarda dramático paralelismo con su misma vida, pues
la circunstancia de que haya ocurrido tan irreparable pérdida ha impedido que
se haga a su nombre la merecida justicia. Un sentimiento inspirado en ésta, nos
ha movido al hacer esta apología, lo mismo que a Maneiro que dice: “Quisiéramos
inmortalizar la memoria de Campoy, muy especialmente por la misma razón que
movió a Cicerón a vindicar del olvido y silencio de los hombres la de Antonio y
Craso, la cual, según su propia expresión, comenzaba ya entonces casi a
perderse, ya que al igual de los personajes nombrados, nunca podrá nuestro
biografiado ser conocido por sus escritos. En esto fue también semejante
a Sócrates, que habiendo merecido por su eximia sabiduría que se le contase
entre los primeros pensadores de su época, no ha dejado obra alguna en que la
posteridad pueda admirar el nombre de tan ilustre varón”.
Campoy murió en Bolonia, Italia, el 29 de Diciembre de 1777, siendo sepultado
en la Parroquia de la Virgen de la Caridad. No obstante sus
merecimientos, yace en el olvido. Con sobra de justicia, poseído de profunda
amargura, clama el autor de los Principios Críticos:
¡Ingrato Veracruz, ingrato México, que no han levantado una estatua, ni
siquiera un busto a Campoy ni a Clavijero!
&&&&&&&&&&&&&&
EXCELENTE HOMENAJE A ORTÍZ TIRADO
¿Y JOSÉ RAFAEL CAMPOY QUÉ?
Héctor Rodríguez Espinoza
“…llegó a tal renombre de sabiduría, que con todo derecho se le puede comparar
a los Franklin y a los otros preclaros varones de grandeza semejante que
produjo el siglo XVIII en América.”
Terminado el reciente y tradicional Festival cultural en Alamos, dedicado al
cantante de arte, filántropo y Dr. Alfonso Ortíz Tirado, me surge la pregunta
que encabeza este artículo.
Si de evitar borrar de nuestra memoria y sepultar en el olvido a humanistas
representativos de un singular punto de la agreste geografía de la entonces
Nueva España se trata, hagámoslo con el también alamense José Rafael
Campoy.
¿Quién es? Es el incitador del movimiento de renovación de los estudios en los
Colegios Jesuitas de la Nueva España, y aunque su obra escrita no se ha
conservado, por las citas que de él hacen los demás renovadores, se le considera
como su guía que revolucionó la Compañía de Jesús y quiso dar a la juventud
mexicana de aquel tiempo, la oportunidad de conocer la Filosofía Moderna,
sobreponiéndose a los perjuicios que había para ello y tomando el riesgo de
fracasar en su vida religiosa, según se decía, a causa de cultivar un sistema
filosófico que no fuera el estrictamente propuesto por los comentadores de la
Filosofía Escolástica.
Precisamente sus superiores en la Compañía lo calificaron como “introductor de
muy peligrosas novedades, partidario de vanas fantasías científicas y estudioso
de infantiles naderías”.
Nació en Alamos, Sonora, el 15
de Agosto de 1723; a los ocho años de edad, casi niño, se trasladó a la ciudad
de México, se internó con los padres Bethlemitas para seguir su instrucción en
el Colegio de San Idelfonso, en donde, hacia 1737 iniciaba el estudio de la
Filosofía. Estando en dicho Colegio, inició su amistad con Diego Abad quien,
aunque era unos años menor fue quien, entre sus compañeros, mejor le comprendió
en sus inquietudes respecto a la renovación de los estudios.
Ingresó como religioso jesuita
el 26 de Noviembre de 1741, e inició su formación en el Colegio de Tepotzotlán,
en cuya biblioteca
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