martes, 22 de septiembre de 2020

PERSONAJE SONORENSE QUE DA NOMBRE A NUESTRA ESCUELA

 

José Rafael Campoy Gastélum

“…llegó a tal renombre de sabiduría, que con todo derecho se le puede comparar a los Franklin y a los otros preclaros varones de grandeza semejante que produjo el siglo XVIII en América.”

Lic. Héctor Rodríguez Espinoza Dossier Político

Dia de publicación: 2010-11-15

Si de evitar borrar de nuestra memoria y sepultar en el olvido a humanistas representativos de un singular punto de la agreste geografía de la Nueva España se trata, hagámoslo con el alamense  José Rafael Campoy. 

Es el incitador de la renovación de los estudios en los Colegios Jesuitas, y aunque su obra escrita no se ha conservado, por las citas que hacen los demás renovadores, se le considera como su guía que revolucionó la Compañía de Jesús y quiso dar a la juventud mexicana la oportunidad de conocer la Filosofía Moderna, sobreponiéndose a los perjuicios tomando el riesgo de fracasar en su vida religiosa, a causa de cultivar un sistema filosófico que no fuera el propuesto por los comentadores de la Escolástica. Sus superiores lo calificaron como “introductor de muy peligrosas novedades, partidario de vanas fantasías científicas y estudioso de infantiles naderías”.

Nació en Alamos, Sonora, el 15 de Agosto de 1723; a los ocho años se trasladó a la ciudad de México, se internó con los padres Bethlemitas para seguir su instrucción en San Idelfonso, en donde, hacia 1737 iniciaba el estudio de la Filosofía. Inició su amistad con Diego Abad quien, aunque era menor fue quien, entre sus compañeros, mejor le comprendió respecto a la renovación de los estudios.

Ingresó como jesuita el 26 de Noviembre de 1741, en el Colegio de Tepotzotlán, en cuya biblioteca se familiarizó con los originales de Aristóteles, desterrando los prejuicios que le habían formado sus comentadores.

Fue enviado a Puebla en donde enseña Filosofía y a San Luis Potosí, en donde imparte Gramática.
Al estudiar Teología, se le nombra encargado de la Biblioteca, afirmó su convicción de la necesidad de llevar dicha renovación. Ordenado sacerdote, es enviado a Puebla y a Veracruz, lejos de los centros más importantes de la vida intelectual dentro de la Compañía: su actuación pastoral e intelectual le dio gran fama, que se extendió hasta España, a través de los viajeros que abordaban los navíos que cruzaban el Atlántico.

            Obedeciendo el decreto de expulsión, es el primero en salir rumbo a Italia, estableciéndose en Ferrara, sigue diferentes estudios humanísticos. Se traslada a Bolonia para estar cerca de compañeros jesuitas de infortunio; allí, víctima de privaciones físicas y morales, le ataca una penosa enfermedad que le produce la muerte el 29 de Diciembre de 1777, a los 54 años.

            Su obra escrita conocida es muy breve y ninguna se refiere a temas filosóficos; sin embargo, su figura fue considerada como la de un gran reformador de la educación en concepto de sus contemporáneos, como se observa en la oración fúnebre pronunciada por el P. Diego Abad, que transcribe Maneiro:

            “PANEGIRICO, ELOGIO HECHO POR ABAD. Quisiéramos hacer inmortal la memoria de José Rafael Campoy. …En esto era también semejante a Sócrates, ya que mereciendo por su eminente ciencia ser alabado como uno de los más grandes hombres de su siglo, sin embargo, no nos quedan ningunos escritos suyos en que pudiese la posteridad admirar el genio del hombre tan ilustre. Mas Campoy fue digno de toda admiración por su excelso talento, que lo hacía aparecer más admirable aun por la extraordinaria constancia con que se enfrentó al torrente de agitaciones levantadas contra él para hacerlo que siguiese el acostumbrado método de enseñar. Y por la inclemencia de los tiempos, sucedió que el valor de sus méritos no fue advertido por aquellos a quienes tocaba exaltarlo y honrarlo con las primeras cátedras para el bien público. …

Abadó: ‘Te recuerdo a ti, ¡oh José Campoy! Por cuyo deceso, en opinión de todos, yo recibí el más grande dolor. La muerte pudo, es verdad, arrebatarte de mi mirada, a ti, carísimo compañero de mis estudios; pero de mi memoria no podrá alejarte o borrarte mientras viva. Tú, versadísimo en el conocimiento de las ciencias más sublimes y profundas, habías bebido la teología en las fuentes mismas de las Escrituras, Santos Padres y concilios. En tal forma tu habías abarcado con tu mente la distancia, situación y descripción de los reinos, provincias y ciudades, como si desde una altísima atalaya contemplaras todo el orbe de la tierra. Tu tenías en tus manos el largo hilo de la historia, desde el principio del mundo hasta nuestra época; y empleando siempre una más recta crítica, explicabas las cosas más difíciles. A ti te eran más familiares todos los antiguos padres de la latinidad, mejor que a mí, que conviví contigo ininterrumpidamente desde niño: ¡Cuántas veces tú me ofreciste, cuando dudaba, mayor luz que la que me habían ofrecido Parco, o Pompa o Nizolio, o el Tesoro de Esteban, acerca del giro de una oración y de algún género de estilo y del multiforme y versátil uso de la palabra! ¡Cuántas veces me explicaste los pasajes oscuros y enredados de Plinio el Mayor y de otros antiguos, más clara y completamente que los doctos intérpretes que antes había consultado…! Peor me he dejado arrebatar demasiado por el dolor… y hago injusticia a quien, libertado de esas miserias y de la durísima convicción de esta vida nuestra, le ha sido dada, como espero, una vida dichosísima’”.)


 Amadeo Hernández Coronado solía decir que Campoy era el único sabio sonorense. Con excepción de una acreditada escuela secundaria que lleva su nombre en Cajeme, que yo sepa el legado humanista de Campoy yace en nuestra proverbial y materialista desmemoria; si acaso una furtiva mención en algunos Simposios de Historia que versan sobre los siglos XVI al XVIII en nuestra Aridoamérica.

 

            El gobierno del Estado al través del Instituto de Cultura, las cerca de una treintena de Universidades públicas y privadas con que contamos, el Ayuntamiento de Alamos, la colonia de alamenses que residen en la entidad tienen el derecho y deber moral de anotarlo en sus agendas, pagar su deuda y honrar su memoria. El que honra se honra.

El 29 de diciembre próximo es una oportunidad preciosa, con motivo del 230° aniversario de su muerte, para instituir otra tradición de índole humanista en esa nuestra bella ciudad de los portales.

H or a c i o S o b a r z o, en sus CRONICAS BIOGRAFICAS, 1949, escribió:

“Campoy es una de las figuras más bellas y más interesantes de la historia de México, por sus extraordinarios talentos y sabiduría, dice un distinguido escritor.

Conociéndose la vida de aquél, se encuentra que Campoy constituía una personalidad de consistencia muy poco común, cuyas facultades excepcionales eran indispensables para desarrollar su actuación en la época que vivió. La existencia de este hombre singular influyó poderosamente sobre los destinos de la Nación, dejando huella imborrable en la historia. Desde el momento en que se define la mentalidad libérrima de Campoy, se inicia el sentimiento patrio.

La fisonomía espiritual y moral del hombre es lo que importa conocer. Si no fuera porque frecuentemente en el tiempo radica el mérito, prescindiríamos del  dato cronológico. Situado el hombre en su lugar temporal, en su época, nos muestra su calidad, especialmente tratándose de actividades especulativas. Otras informaciones nos explican aquella conformación moral y espiritual, determinada por la herencia y el medio ambiente. La simple relación de fechas nada dice; la descripción intemporal nada enseña. Independiente la una de la otra constituyen apenas filiación de ficha identificatoria. La descripción intemporal se asemeja a la reproducción fotográfica de algún desconocido, cuya efigie carece de virtud evocatoria.

Por ello principiaremos consignando el hecho de que Campoy nació en Álamos, Sonora el 15 de agosto de 1723 y fue hijo de don Francisco Javier Campoy y de doña Andrea Gastelum. Los Campoy  fueron de los primeros pobladores de los Álamos, uno de los más avanzados puestos septentrionales de la Nueva España, en los lejanos tiempos de la expansión conquistadora. Tales puestos demarcaban la periferia del territorio sometido al señorío español y constituían un valladar a las incursiones de las tribus salvajes que se oponían al avance de la civilización hispánica. En aquellos destierros se vivía en incesante batallar, tanto contra el aborigen sedentario que resistía esforzado la colonización, como contra el nómada que no tenía otro medio de sustento que el pillaje.

La actividad que no consistía en guerrear se reducía a la crianza de ganados, a las labores agrícolas y mineras que requerían esfuerzo fatigoso, ya que la tierra de aquellas zonas desérticas no rendía sus frutos, sino bajo el apremio de la constancia y la tenacidad, siempre acrecentadas éstas por la exigencia caprichosa de la naturaleza, que si no negaba el agua hasta la sequía, la  proporcionaba en torrente  devastador; y otras veces, cuando la sementera, no sufría por causa de uno u otro extremo, la agostaba un sol calcinante o la helada invernal; pero frecuentemente se frustraba la recolección. Sin embargo, la despensa siempre estaba proveída, porque se oponía a la adversidad la perseverancia, y ésta prodigaba el sustento nutritivo.

Los factores ambientes tenían que formar una casta de hombres fuertes de espíritu y de cuerpo. Se vivía en un medio hostil que imponía a la colectividad disciplina castrense y abnegación constante. El esfuerzo común establecía lazos de solidaridad entre los vecinos de aquellos distantes lugares, reforzados  por vínculos de parentesco o estrecha amistad que generalmente ligan a la mayor parte de los habitantes de pequeñas comunidades, sintiéndose más cerca entre sí cuanto más apartados se hallan de la metrópoli o de centros considerablemente poblados.

Evocando a César, Maneiro se explica a sí mismo, con gracia sutil y elegante, el carácter esforzado del lejano colonizador. Recuerda que el autor de los Comentarios de la Guerra de las Galias expresa que los belgas eran los más aguerridos e intrépidos de todos los galos, porque aquellos no tenían contacto con mercaderes que traficaban con elementos que hacen la vida muelle y cómoda, que estregan el espíritu, enflaquecen la voluntad y atajan el ímpetu. Así, pensaba Maneiro; liberado el campo remoto de la influencia del refinamiento urbano, producía una juventud vigorosa y resuelta.

Todas estas circunstancias y aún el secreto instinto de la misión que desempeñaban de demarcar límites remotos a la patria en formación, dotaba a los colonos de virtudes excepcionales. La actividad miliciana en constante ejercicio les infundía audacia; la necesidad de bastarse a sí mismos les formaba espíritu laborioso y esforzado; la lucha contra la naturaleza avara los hacía previsores; esta misma circunstancia establecía la sencillez y sobriedad; la comunidad de intereses y peligros creaba la lealtad;  la necesidad de acrecentar la reducida comunidad daba lugar a la hospitalidad; y sentimientos quizá surgidos de  conveniencias actuales se convirtieron en congénitos, para definir en la posteridad la fisonomía espiritual del pueblo sonorense.

Dentro de este contorno físico y moral vivió la familia Campoy, ocupando un plano superior, que descansaba en la merecida consideración del vecindario, sobre el cual, selecto por sus virtudes, se destacaban los prestigios de la propia familia. Esta circunstancia se acredita por el hecho, según el decir de antiguo historiador, de que la morada de los Campoy proporcionó su hospitalidad por algún tiempo a don José de Gálvez, Marqués de Sonora. Cuando éste, comisionado  por el Rey Carlos III, recorrió la  provincia con el carácter de visitador General de la Nueva España.

Doña Andrea, se afirma, descendía de ilustre familia, cuyo fundador en Los Álamos, fue aquel Gastelu protegido de Antonio Pérez, el famoso Secretario y valido de Felipe II, y autor principal, con la hermosa princesa de Eboli, de complicada y trágica intriga que le concitó el odio y persecución implacables del adusto monarca. En  su estrepitosa caída Pérez arrastró a su propio Secretario, Gastelu (al mismo de quien hace memoria en una de sus obras), que también había disfrutado de la protección del célebre monarca.

Buscando refugio y olvido en la Nueva España, vino Gastelu a dar con su desventura a la remota Populópolis, nombre que nuestro biografiado daba a su tierra natal, latinizando la denominación que tenía por la circunstancia de que allí abundaba el álamo.

De estas familias singulares tuvo su origen José Rafael Campoy, en quien necesariamente tenía que influir la herencia y el ambiente edificante. Su niñez se desarrolló vigorosa como la de todas aquellos jóvenes, cuyas diversiones consistían en  rudos ejercicios campestres, justas hípicas y peligrosos torneos, carreras, manejo de armas. En estas difíciles actividades eran aleccionados los chicos por los vecinos de mayor edad. Estos, en sus incursiones y campos, se hacían acompañar por aquéllos. Así se les familiarizaba con el peligro, se les acostumbraba a soportar la fatiga y las prolongadas caminatas; se les habituaba al uso de la indumentaria del guerrero, de pesada piel, que protegía de las flechas que disparaba desde la emboscada el indígena hostil.

Siendo muy niño, José Rafael Campoy fue llevado a la ciudad de México. El dilatado recorrido, a horcajadas sobre su cabalgadura, de muchos centenares de kilómetros, fue para él viaje placentero y fácil, avezado como estaba a sus gustosas cabalgatas.  Internado en el pupilaje de  los Betlemitas, donde aprendió los rudimentos de la educación con tal facilidad que pronto reveló las excelencias de su talento. En esta congregación cenobítica sufrió las primeras amarguras, con cuyo signo transcurrió su vida. Tocóle en suerte iniciar sus estudios bajo la férula de severo mentor, cuya aspereza humillaba la dignidad humana, ya claramente percibida y francamente defendida por la precocidad del espíritu sincero, liberal e independiente de Campoy.

Después pasó al Colegio de San Ildefonso, distinguiéndose allí por su brillante capacidad y su constancia en el estudio. Tanto ésta como aquélla fueron estimuladas por el galardón de frecuentes honores y distinciones.

Poco tiempo después de ingresar al colegio mencionado, lo abandonó subrepticiamente, huyendo de la ciudad, tras de haber vendido el manto y la beca. Siguió un sendero a la aventura hasta llegar a un lugarejo ubicada entre Tepotzotlán y Cuautitlán donde se acomodó al servicio de una campesina anciana, ruda y atrabiliaria.

El estudiante Campoy, de catorce años de edad -en 1537-, se fuga de la escuela, exasperado por la severidad de su maestro Miguel Quijano, de quien cosechó abundante mies de azotes, según el decir de uno de los biógrafos de Populopolitanus, como se llamó a sí mismo el sonorense, usando ese nombre como seudónimo en sus escritos latinos, supuesto que era nativo de Populópolis, como se ha dicho. A la edad de catorce años Campoy revela su independencia de carácter, que lo condujo, andando el tiempo, a abandonar la filosofía escolástica, para convertirse en precursor de la enseñanza de la filosofía experimental, la filosofía moderna, circunstancia que le concitó sinsabores y persecuciones múltiples, pues esta transformación ideológica significaba colocarse abiertamente frente a las preocupaciones de la época y  adoptar determinada posición herética.

Cristóbal Escobar, que a la sazón era el Rector de San Ildefonso, no descansaba en sus diligencias de localizar al fugitivo enviando indagatorias a todo el contorno comarcano, con lo cual daba pública notoriedad a la escapatoria del rapazuelo rebelde. La profusa divulgación de la pesquisa llegó a oídos de la campesina a cuyo servicio estaba Campoy, en quien ella ya sospechaba cierta calidad superior. En los bajos menesteres que había encomendado al futuro filósofo, como alimentar cerdos y otros animales domésticos, extraer agua de un pozo, así como diversas ocupaciones de la misma categoría, adscritas a la condición de ínfimo criado, no era tratado con ninguna consideración por su patrona. Esta  ejercía su autoridad de ama con altanería e impiedad, de  modo que sublevaba al adolescente, quien frecuentemente hacía observaciones a la anciana, llamándole la atención por su falta de comedimiento o por parecerle debido cumplir las órdenes de aquella en forma más adecuadas.  Ello daba lugar a discusiones entre ama y sirviente, percibiendo la primera, no obstante su zafia ignorancia, la precoz sensatez de éste.

Habiendo llegado a conocimiento de la anciana la averiguación que se practicaba sobre el paradero del prófugo, sospechó desde luego que su propio doméstico podría ser el objeto de la indagación, pronto hizo saber a uno de los Jesuitas de Tepotzotlan las circunstancias de su recelo.  El Jesuita a su vez trasmitió la noticia a Escobar, quien seguidamente mandó identificar al incógnito. Así el superior del Colegio descubrió el refugio de Campoy. Restituido éste a la escuela, se le interrogó sobre el motivo de su escapatoria y contestó con la sinceridad, que fue norma de su vida, que no huía del estudio, sino de la rígida severidad y de los crueles castigos, que consideraba tan bochornosos para el mentor que los infligía, como para el educando que los soportaba; que estimaba que eran lesivos para la dignidad humana y contrarios a la comprensión afectuosa y cordial indispensable para realizar los elevados fines de la educación, que sólo podrían lograrse identificando en mutuo entendimiento los factores activo y pasivo de  la misma. Tales conceptos del estudiante revelan tanto su sinceridad e integridad moral, apoyadas en inconmovible convicción, que lo diferenciaron de su vida, como su clara inteligencia  al percibir tan joven normas inobjetables en materia educativa.

Retornado Campoy al estudio,  se le puso bajo la dirección del maestro José Avilés. Con éste, el joven sonorense ya no cosechó la abundante mies de azotes que le prodigara Quijano que tan notable era en el  saber, como agrio en el carácter.  Por lo contrario, Avilés era bondadoso y afable y con suavidad infundía profundos conocimientos a sus discípulos, entre ellos, Campoy y los notabilísimos Diego Abad y José Huerta, llamado éste el Cicerón Mexicano, según José Mariano Dávila, que tantas glorias nacionales nos da a conocer en sus múltiples y valiosos trabajos.  Muerto Avilés, fue mentor de Campoy y Pedro Rosales, que era considerado como un sabio y con quien prosiguió aquél sus cursos de filosofía.

Durante gran parte de su vida Campoy no pudo eludir la influencia del medio, que le infundió un afán ciego de disputar. Se convirtió, como dice uno de sus biógrafos, en furibundo ergotista, capaz de discutir sobre los objetos más abstractos o sobre los más absurdos entes de razón.

Semanariamente se efectuaban reuniones en la Universidad, llamadas sabatinas, a las que concurrían los estudiantes de todos los colegios.  Allí se trataba sobre una conclusión determinada, designándose al efecto un actuante y varias réplicas, y se entablaban ardorosas controversias.

Dícese de Campoy que era el pánico de los ergotistas con su genio y dialéctica incontrovertible. Sin embargo, motivo de elogio era su moderación y serenidad cuando discutía, muchas veces  frente a ceguedad apasionada e intransigente.  La lengua  latina, que era la que se empleaba en tales actos, la manejaba Campoy  con maestría incomparable. Uno de sus notables mentores, Ignacio Rocha, lo consideraba la más terrible réplica entre todos los estudiantes de los colegios de México; y uno de sus panegiristas expresa que el propio Populopolitanus esgrimía la espada silogística con terrible habilidad.

No obstante sus extraordinarias cualidades, como se dijo, durante algún tiempo hubo de disputar, sólo por hábito, sobre cualquier tema, por superficial que fuese. Como todos, fue arrastrado por la corriente ergotista, a la cual habría de oponer dique posteriormente. Por fortuna aquel extravío intelectual fue transitorio. No era posible que educado en el ambiente de la época, eludiese por completo la influencia del medio; pero como era un genio y  un carácter, tenía que emanciparse de aquella sujeción adelantándose a su tiempo.  Y fue inclinándose a estudiar con plena libertad y criterio científico, manumitiéndose de las preocupaciones y rebelándose contra toda servidumbre intelectual.  La inquietud renacentista que transformaba el espíritu occidental esperó luengos años  para iniciarse en nuestra patria por medio de Campoy.  Esta independencia de criterio le acarreó frecuentes hostilidades, primero como estudiante y después ejerciendo la cátedra.

En cierta ocasión, después de haber sido examinado en teología, fue  reprobado por el hecho de que no repitió textualmente las lecciones de sus maestros, pues ya se rebelaba contra los sistemas pedagógicos de su tiempo.  El hecho de que no recitase literalmente el texto teológico, mostró su ignorancia. Sin embargo, en casos de reprobación, se concedía un breve término al discípulo para rehabilitarse de la deshonrosa calificación.  Transcurrido ese corto lapso, Campoy sustentó nuevo examen demostrando de tal manera su aventajada condición que además del alarde indispensable del prodigio de la memoria, cuanta pregunta se le hizo la contestó brillantemente, corroborando sus respuestas con oportunas doctrinas de maestros consagrados de la Filosofía escolástica, lo que causó el asombro de todos los presentes y motivó que fuese declarado por aclamación uno de los discípulos más aprovechados, según relata  alguno de sus biógrafos.

Habiendo abrazado Campoy el Instituto de San Ignacio de Loyola y entrando a la Compañía de Jesús en Tepotzotlán, lo que efectuó el 27 de Noviembre de 1741, (*) se apoderó de él un afán  invencible de saber, de estudiar; pero de estudiar con libertad e independencia.

Su manía de discutir se convirtió en noble anhelo de aprender, y cultivó con constancia y ahínco las letras, la historia de la humanidad, la física, la geografía, las matemáticas, la astronomía, la historia natural y, sobre todo, la filosofía experimental, adquiriendo un caudal  extraordinario de conocimientos.

Logró acumular un acervo científico, poseyendo un clarísimo talento, que logró la admiración y el respeto de hombres célebres, como Juan Luis Maneiro, José Agustín Castro, Francisco Javier Alegre, Francisco Javier Clavijero, José Julián Parreño, José Abad, Gregorio Mayans y Siscar, José Francisco de Isla.... que forman una pléyade selecta y brillante de historiadores, filósofos, oradores, poetas, teólogos, juristas, críticos, algunos de los cuales nos legaron abundantes y sustanciosas noticias del ilustre sonorense.

Expresa Maneiro haber oído de labios de algunos de ellos, ya cuando tenían nombre prestigioso en el mundo de las letras, que en la formación de su gusto literario fue factor importantísimo el trato con Campoy; y agrega el notable biógrafo veracruzano que nadie podría hacer la apología de cualesquiera de los distinguidos compañeros o discípulos del propio Campoy, sin reconocer la influencia que éste sobre ellos ejerció.

La filosofía fue el motivo preferente de su vida estudiosa, tanto porque poseía un espíritu invenciblemente investigador, cuanto porque sentía profundo amor a la verdad, siendo Aristóteles númen de su inclinación predilecta, de quien se consideraba discípulo desde la época en que en las aulas creyó interpretarlo disputando ciegamente. Su misma devoción hacia el estagirita lo condujo a estudiar cada vez más la profunda obra del maestro y encontró que éste era muy distinto al que su imaginación había forjado bajo el influjo nocivo del falso peripatetismo imperante. Ahora el pensamiento del mentor de Alejandro Magno era el apoyo del verdadero espíritu filosófico y científico, no el pretexto de ergotizaciones sin substancia. Asimismo, objeto de predilección en sus estudias literarios fue Cicerón, y, lo mismo del filósofo griego la que del orador romano, obtuvo el mayor provecho en el cultivo de las múltiples ciencias a que consagró su vida.

Refiere uno de sus apologistas que cierto día, a solas en el jardín del colegio, meditaba profunda y atentamente Campoy sobre una obra de Cicerón. De pronto, como iluminado por una de esas inspiraciones que infunden convicción definitiva, exclamó: “Este hombre revela una inteligencia solidísima en sus argumentaciones; éste, uno de los primeros de cuantos ha tenido la república literaria, ¡con cuánto empeño luchó por la consecución de la verdad! ¡Santa verdad! ¿Cuando surgirá la edad de oro? ¿Cuándo seremos los hombres tan sinceros, que confesemos “esto dudo”, “esto no comprendo”, “esto completamente ignoro”? Desde aquel momento plasmé para siempre su convicción del apostolado de la verdad, que habría de acibarar su vida. Todo cuanto después logró Campoy cultivando en constante depuración las humanidades, la teología, la geografía, la geometría, la oratoria y otras materias de la erudición, en que destacaba preeminentemente, lo debió a la norma emancipadora que se impuso, modelando y disciplinando su espíritu por sí mismo, sin ayuda de maestro, supuesto que actuaba contra el propio ambiente en que vivía y contra los prejuicios del medio imperante.

En aquella época en que estaba en Tepotzotlán entregado por completo a la especulación de distintas materias, fue enviado por los superiores a la Puebla de los Ángeles, como se le llamaba a la ciudad de Puebla a continuar sus estudios de filosofía; y, posteriormente, transcurrido un año,  fue trasladado a San Luis Potosí, como profesor de gramática latina cargo que desempeñó durante dos años.

Siendo para Campoy excelsa la función didáctica, se consagraba a ella con abnegación y ahínco. Ejercitando sus facultades de consumado mentor, sabía  cómo trasmitir eficazmente  sus conocimientos.  Poseía el secreto de hacer amena la materia más tediosa y su elocuencia espontánea y natural daba carácter sugestivo a la enseñanza, siempre embellecida con la profunda y atinada observación del sabio consejo, la varia digresión y el original comentario. Infundía el amor al estudio con el ejemplo e indudablemente su eficiencia como maestro se debía en gran parte a su vida edificante que, aún en su aspecto meramente humano, no tenía otra meta que la ciencia. Respecto de la  materia que enseñaba en San Luis, sustentaba el criterio con insistencia persuasiva, de que la disciplina gramatical era el firme apoyo del conocimiento de la literatura.

La circunstancia de conocer con verdadera profundidad la lengua de Cicerón, le valió el honor de ser designado para pronunciar en el Colegio del mismo San Luis una oración fúnebre en memoria de Felipe V, la cual consideró como obra maestra de pureza de latinidad y elocuencia.

Diego Abad, amigo entrañable de Campoy y famoso especialmente por su poema Heroica De Deo Carmina, que se estimó obra del más correcto latín, publicó en Italia la “Dissertatio ludrico— seria de exterorum latinitate”, en la  cual acreditaba el conocimiento profundo de Carnpoy sobre 1os más celebrados autores de la antigüedad que escribieron en la lengua del Lacio, así como la incomparable facilidad con que interpretaba los difíciles y poco claros períodos de las obras de a1guno de ellos, y por el hecho de ser extraordinariamente versado en los clásicos, se consideraba digno a Campoy de contársele entre los ilustres expositores que gozaban en aquellos días de la mayor reputación.

De dicha disertación, Maneiro nos da a conocer las siguientes palabras:

“Me acuerdo de ti, José Campoy y he sentido tu óbito mucho más de lo que pudiera creerse. Pudo la muerte arrebatarte de ante mis ojos, compañero queridísimo de mis estudios, pero no podrá borrar de mi mente tu recuerdo mientras viva. Versadísimo en el conocimiento de las ciencias más sublimes y elevadas, habías bebido la Teología en las fuentes mismas de las Escrituras, de los Concilios y de los Santos Padres. Tú las distancias, situación y descripción de los reinos, provincias y ciudades conocías tan a fondo, que dijérase que habías contemplado desde altísimo observatorio todo el orbe de las tierras. Tú tenías en las manos el largo hilo de la historia desde los comienzos del mundo hasta nuestros tiempos, y poniendo siempre por obra la más sana crítica, desentrañabas los problemas más complicados. Más que a mi que viví contigo asiduamente desde niño, érante familiares los antiguos padres de la latinidad. Cuántas veces, cuando yo dudaba acerca de la construcción de una frase, de algún modo de decir o del uso multiforme y variable de algún verbo, me diste más luces que las que hubieren podido proporcionarme Paré o Pompa o Nizzoli o el Tesoro de Estéfano. Cuántas otras me explicaste pasajes obscuros de Plinio el Viejo y de otros autores antiguos, más clara y llanamente que los doctos comentaristas que antes había consultado.... Pero, dejándome arrebatas de mi excesivo dolor, ofendo a Aquél que te sacó de las miserias e iniquísima condición de esta nuestra vida, para recompensaste, como espero, con la eterna felicidad”.

En la agilidad, brillante elegancia y corrección con que manejaba la lengua latina, así corno en la familiaridad con autores de primera calidad, destacose de manera tal, que, concediéndose que las musas fueron propicias a los novohispanos, no se encontraba que hubiera habido en aquella época, dentro de su patria, ningún otro que pudiera comparársele en ese aspecto.

Nuestro Campoy fue un gran orador, como expresa José Mariano Dávila en la síntesis biográfica del padre Agustín Castro, al afirmar que estando en aquella época tan corrompido el gusto del arte de la oratoria por los necios predicadores, que desde el tiempo en que ‘apareció la obra satírica (Fray Gerundio de Campazas), del padre José Francisco de Isla, y que eran conocidos con el título de  “gerundianos” Campoy y otros grandes ingenios se propusieron devolver el debido lustre a la cátedra.

Sobre este particular coinciden diversos autores, pero más expresivo que nadie es Maneiro en su espléndida apología de Campoy, la cual es una fuente preciosa para conocer la vida del preclaro sonorense. Este trabajo del notable autor veracruzano nos ha guiado preferentemente en la catalogación de las noticias que aquí reunimos de nuestro coterráneo.

La palabra de Campoy era fácil y correcta y, con frecuencia, subyugante y arrebatadora, aún en la peroración o arenga improvisada. Sus admiradores refieren hechos concretos y dan testimonio de estas circunstancias. Trasmítese la versión de testigo presencial de haber visto y admirado éste con asombro, cómo una multitud, entre la cual se encontraba don Manuel Arellano, distinguido y renombrado médico, y otras personas de superior condición por su saber, oyendo la palabra de Campoy, la muchedumbre entera, Arellano el primero, cayó de rodillas conmovida y transportada, ante la elocuencia avasalladora del orador.

Antes de que éste se hiciera cargo de la dirección de la congregación que desempeñó en Veracruz, aconteció que el prefecto, que debía dirigir la palabra a la propia congregación, repentinamente se vió impedido para ello, y así, de pronto, fué substituido por Campoy, quien produjo elocuentísima improvisación. En estos casos él orador daba la impresión de que leía, supuesto el método, el enlace de los períodos, la sistemática trabazón de las ideas y el correcto desarrollo  de la argumentación.

No sólo con la palabra logra el orador la elocuencia. Se requiere el concurso de otros factores, como la apariencia atrayente de la persona, que predispone al auditorio favorablemente; el ademán y el gesto, que aumentan la vida de la expresión oral; la entonación y modulación, que libran de la monotonía del discurso. La naturaleza fue  pródiga concediendo a nuestro biografiado las dotes que constituyen al orador  completo. Su semblante noblemente sereno, parecía iluminarse con la propia luz de las ideas y adquirir con la disertación misma, majestad tribunicia; su mirada, su ademán, su gesto, en espontánea  coordinación con el tema, nutrían de personal vigor la exposición; la voz adquiría variada flexión modulante, conforme al sentimiento que inspiraba la arenga.

Estas prendas naturales unidas a la posesión de los secretos más recónditos y expresitos de los idiomas latino y castellano, lo mismo que su conocimiento, amplio y versado, de los clásicos de la antigüedad y de los más diversos autores de su época, realizaron en la palabra de Campoy el milagro de la elocuencia. Las facultades naturales frecuentemente sólo constituyen posibilidad latente, frustrada por falta de medios o de ambiente o por carencia de vocación para el estudio. Pero éste, en Campoy fue afán e inquietud primordiales de su existencia. Sólo mediando tales circunstancias pudo escalar el plano a que se elevó y conquistar los prestigios que diferenciaron su personalidad.  Así, cuenta José Mariano Dávila que a Campoy siempre se le encontraba con la pluma en la mano escribiendo versos o elocuentes discursos en latín o castellano, o bien con el compás y la pizarra levantando planos y rectificando algunas de las demostraciones de Euclides.

José Julián Parreño y el propio Campoy ejercieron,  por la fuerza de su exquisito gusto literario, la más trascendental labor depuradora al par de Francisco de Isla y de Cervantes, respecto de la literatura de ¿a caballería andante, contra el gongorismo oratorio, que prevalecía en aquella época, hasta aniquilarlo, no por medio de armado caballero, ni de la sátira de Fray Gerundio, sino por el ejemplo de la pureza y el estilo afinado.  Y otra ardua tarea se impuso a sí mismo el sonorense enseñando la filosofía experimental, contra todas las preocupaciones y prejuicios del tiempo. Con Campoy se inician, deben reconocerse, los primeros pasos en la emancipación ideológica y, consecuentemente, política.

Uno de sus biógrafos expresa que así como Sócrates surgió para crear y difundir en su tiempo la verdadera filosofía asimismo vino al mundo Campoy en el suyo para renovar las ciencias entre sus compatriotas los mexicanos, y aunque este ímpetu reformista no le costó tanto como a Sócrates su filosofía, sí le deparó la mayor infelicidad.  Grande como fué su infortunio, no se quebrantó jamás su entereza ejemplar. El medio conservador engreído con su peripatético gongorismo, su retardatario estacionamiento coludió todas sus fuerzas para atajar la amenaza disolvente de la prédica del peligroso esparcidor de novedades. El agudo instinto de conservación de la vetustez percibe finamente en la novedad una ley de selección. Ese cauteloso instinto persiguió a Campoy, postergándolo, aislándolo y censurándolo.

Como veremos después  fue apartado o confinado en Veracruz, y con fútiles pretextos se le cerraban las puertas de la cátedra, o se le impedía el ejercicio del magisterio. Vacante en cierta ocasión la cátedra de humanidades en Tepotzotlán, el superior consultó el parecer de Diego Abad, respecto del maestro que debía designarse. Aquél desde luego respondió: “Felizmente abundan los que por su capacidad pueden ser nombrados; pero no encuentro persona alguna más versada que Campoy en el conocimiento  de las letras latinas”. El superior bien comprendía la verdad de tal circunstancia, sin embargo rechazó de plano la propuesta, temeroso de que Campoy estableciera distintos sistemas de enseñanza, más bien, nuevo criterio en la cátedra, o se desviase del gusto organizado o impuesto en la literatura.

Estas injustas postergaciones, resultado frecuente del desconocimiento de la egregia aptitud de maestro, no sembró el desaliento en el mismo, ni amenguó su fortaleza, pues continuó indiferente el camino que se había trazado en busca de la verdad y en la depuración de la ciencia y el arte, contra todo prejuicio vigente.

Tiempo había de transcurrir para que se sintiera en las naciones americanas el ímpetu innovador que agitó a la conciencia europea a partir del siglo XV. Al agonizar esta centuria, apenas si se inicia la formación de aquellas; pero no bien plasma el pensamiento del nuevo pueblo, se percibe la repercusión por el conducto más propia, es decir, un espíritu superiormente elaborado: Campoy, el primer brote de la inquietud renacentista en nuestro continente.

Después de dos años de permanencia en San Luis, fue llamado a México para impartir un curso de teología en el Colegio de San Pedro y San Pablo. Fuera de sus obligaciones magisteriales, su vida no varió con su nuevo cargo, pues se reducía exclusivamente al estudio y 1a meditación, sus hábitos entrañables. Por haberse negado en cierta ocasión a participar con sus compañeros en una excursión campestre, fue reprendido por el superior del colegio. Abstraído totalmente en sus especulaciones, como estaba Campoy, le respondió invitándolo a leer un libro que tenía en sus manos, señalándole el párrafo  que en aquel momento ejercía tal seducción en su espíritu.

La biblioteca del colegio era el albergue hospitalario de abundante selección de insignes autores antiguos y contemporáneos. Acogedora convivencia abría campo a la más variada y heterogénea representación del pensamiento en la filosofía, la ciencia y el arte, con su pródiga diversidad, como símbolo de comprensión humana.  Ningún ambiente más propicio, con su grata serenidad, para el afán investigador de Campoy y para el aliento de su devoción por el estudio.  Allí fijó su residencia, puede decirse, pues no de otra manera se habría adentrado aquella universalidad, versándose en su contenido y aún en la colocación más recóndita de cada volumen, a fuerza de su constante manejo. Al auxilio del propio Campoy ocurrían sus compañeros para en centrar alguna obra muchas veces oculta en ignorado resquicio; y así, libros apolillados por los años de paciente olvido, surgían de su hermético abandono al requerimiento fácil y familiar del asiduo visitante.

Expresa Mneiro que estando Campoy en Puebla, se le mandó trasladarse a Veracruz. Aparece, pues, que del Colegio de San Pedro y de San Pablo, de México, se le removió nuevamente a Puebla y de allí se le envió le envió al mencionado puerto. Se ha afirmado que esta última promoción fue un castigo que sé le impuso por haber adoptado métodos innovadores en la enseñanza, contrarios al peripatetismo escolástico y por su precursora tendencia hacia la filosofía experimental, que se consideraba proclividad nociva y peligrosa. Se le privó de sus cátedras y se le confinó a Veracruz, lugar mortífero donde probablemente no viviría un año, dice el padre Agustín Rivera, insinuando la idea de qué negra y malévola intención le impuso el exilio en aquel lugar.

Sobre el hecho del confinamiento están de acuerdo José Mariano Beristain y Souza y el mencionado padre Rivera. Pero tal circunstancia no está debidamente acreditada, por tratarse quizá de un castigo encubierto en el desempeño de una misión ec1esiástica la cual no es fácilmente explicable, menos por el largo tiempo de quince años.  Apreciándose la calidad del hombre en su aspecto intelectual, su sapiencia y extraordinarias facultades de mentor, el puesto indisputable para él estaba en la cátedra universitaria. Resulta fuera de duda que nuestro Campoy vivió dentro de un medio hostil y adverso, sufriendo censuras, postergamientos y remociones frecuentes que lo apartaban de la enseñanza.  Fue, dice Maneiro, objeto de falsas murmuraciones de parte de individuos  a los cuales movía a risa aquella como enajenación actual con que Campoy se hundía en sus meditaciones, y se olvidaba casi por completo de su misma persona  y del trato humano y fue tomando cuerpo la opinión de que aquél era más que nada aficionado a novedades.  Es frecuente la alarma del prejuicio muchas veces escondida bajo la mueca de la burla, pero le infunde pánico la intuición de su próximo fin.  Campoy avizorando horizontes lejanos y señalando nuevas  rutas constituía grave amenaza para el conservatismo, incondicionalmente apegado a la tradición.

El biógrafo excelso a quien hemos seguido en estos apuntes y que salvó del eterno y absoluto olvido al sonorense dice:

“La injusticia de los tiempos fue culpable de que no se reconociera la excelencia de sus méritos por los mismos que debieron exaltarlos para bien del público y condecorar a su poseedor con los más elevados magisterios. Porque Campoy, sin maestro que le orientase en sus estudios, sin el aliciente de recompensa alguna, sino tan sólo por el deseo de saber y de nutrir su inteligencia  con el contenido de las artes liberales, alcanzó tanta fama de sabiduría y erudición, que a la verdad puede merecidamente parangonarse con Franklin y otros preclaros varones de igual grandeza que América produjo en el siglo XVIII. Para hacer esta afirmación no sólo nos basamos en el testimonio de algunos mexicanos renombrados en el campo de las letras, sino más que nada en la autoridad del padre Abad, testigo en este caso de mayor excepción, persona conocidísima en ambos mundos por su sobresaliente ciencia, y a quien fue muy familiar desde su más tierna edad las extraordinarias dotes intelectuales de Campoy.

El apartamiento en que se mantuvo a Campoy, la crítica acerba de que fue objeto, la preterición que lo privó de la cátedra a cuyo cargo le conferían derecho la excelencia de su erudición y su aptitud vocacional, le causaron penas y desilusiones que soportó con la mayor dignidad, pues no aparece dato que revele que haya expresado en forma alguna su amargura. No se logró quebrantar su entereza, y conservó inalterable  su criterio en conformidad con su insobornable convicción, como auténtico hombre de ciencia. Su vida ejemplar (catoniana, dice uno de sus  apologistas) discurrió por el camino del apostolado que, con sus angustias, le confirió  el honor de ser el primero en América que enseñó la filosofía moderna.

Durante quince años desempeñó Campoy en Veracruz la prefectura de la congregación llamada de los Dolores, ejerciendo el magisterio. Sólo una vez en ese lapso interrumpió sus tareas, por haber sido llamado a México, donde permaneció por varios meses; pero requerido por los principales veracruzanos, según José Mariano Dávila, regresó al puerto, lo que parece indicar que no hubo tal destierro o que Campoy lo prefirió al ambiente hostil de la metrópoli. Ejerciendo el magisterio en la congregación, estuvo a punto de cerrarse por falta de recursos el colegio que dirigía el ilustre jesuita; pero a impedirlo ocurrió la munificencia de algunos vecinos, encabezados por don Francisco Crespo, jefe político del puerto, proporcionando cuantiosa suma para su sostenimiento. Este acto interpreta el general afecto que el maestro conquistó en el lugar.

El aposento de Campoy, donde había formado selecta biblioteca, era el centro de reunión de personas que oían con deleite la sabia palabra del filósofo. Entre los asiduos visitantes contaban individuos de la marina real, que, con  el trato del erudito maestro, adquirían nuevos conocimientos en su propia profesión, es decir, en náutica. Estos marinos fueron el medio por el cual Campoy fue adquiriendo renombre en España. Muchos de ellos trabaron la más estrecha amistad con aquél, lo que motivó que, cuando se trasladaban a España en sus viajes habituales, continuaran unos y otro en comunicación epistolar. Los propios marinos, mostraban con placer las substanciosas misivas del 
maestro, que eran muy celebradas en Madrid. De modo casual conoció algunas de esas cartas don Gregorio Mayans y Siscar, ilustre polígrafo valenciano de gran nombradía. Lo entusiasmó el contenido de las epístolas, por su pureza de estilo, la profundidad del juicio y la honda  erudición que denotaban;  y movido  de noble sentimiento de admiración, se dirigió a Campoy con expresiones elogiosas, ofreciéndole su amistad, la que el sonorense correspondió estableciéndose así cordiales relaciones, fortalecidas cada vez más por la recíproca consideración y renovadas por asíduo intercambio epistolar.

Cosa idéntica se relata respecto de José Francisco de Isla, pues éste impulsado por la misma espontaneidad ocurrió al maestro, creándose así entre ellos vínculo afectuoso, que después se estrechó hondamente con el trato personal en Italia por el resto de la vida.  Prueba de tal amistad consiste en el hecho de que Campoy obtuvo de su amigo y admirador, don Francisco Crespo, gobernador de la ciudad de Veracruz, dos mil onzas de plata que donó a la Isla para que editase la traducción que éste había hecho del Año Cristiano de Croisset.

Ocupación predilecta en el puerto fue para nuestro compatriota un estudio y explicación de la Historia Natural de Plinio –el viejo—, que después terminó en Italia.  Estimaban  sus admiradores que tal estudio no era inferior a las obras de Bufón y Bomare, y asimismo un proyecto de colonización de la provincia natal, con un puerto en el Pacífico, inmediato a Populópolis.

Quince años como se ha dicho antes, pasó nuestro sabio en Veracruz(1) dedicado al estudio y la enseñanza de distintas materias, particularmente la filosofía experimental, lo mismo que a su religiosa misión, siendo considerado  un virtuoso pastor que logró “morigerar las costumbres tan estragadas en aquel puerto”, como se expresa uno de sus biógrafos, aunque según Maneiro no había tales costumbres estragadas.

La opinión del padre Campoy fue considerada como orientadora tanto en a Nueva España, donde las autoridades lo consultaban sobre asuntos de la más diversa índole, como después en Italia sus propios compañeros, que, no obstante haber entre ellos hombres de gran erudición, lo tenían como maestro.

Dedicado a su misión educativa, estudios filosóficos y trabajos literarios, lo sorprendió la orden de extrañamiento de la Compañía de Jesús de todo el reino español, expedida por Carlos III. Nadie como él acató la expulsión con mayor serenidad y fortaleza, dando una nueva prueba de su inquebrantable carácter. La expatriación, ahora sí con su carácter definido de destierro, era simplemente una nueva fase de su infortunio y cambio de lugar en su aislamiento unas cuantas prendas, sus papeles y varios libros constituyeron su bagaje.

La resignación característica de su espíritu ante los sinsabores que se prodigaron en su vida se observó  en la navegación, y su ejemplo fue medio de atenuar la amargura de sus compañeros de viaje.  Más le interesaron siempre sus estudios que cualquiera otra circunstancia de conveniencia meramente personal y así en el duro trance de la travesía, menos que detenerse a considerar su situación con respecto a lo porvenir, se dedicó a hacer observaciones sobre navegación o náutica interrogando a los marinos, a quienes causaban admiración los conocimientos del jesuita en la materia y en otros aspectos relacionados con la misma.  Tanto éste como aquellos aprovecharon la ocasión para aumentar recíprocamente sus conocimientos.

Llegado a Italia, se le señaló Ferrara para  su residencia, lo mismo que a otros de sus compañeros. Allí continuó el desterrado su vida habitual de estudio, sirviendo  como siempre de guía en distintos aspectos del saber para aquéllos que reconocían su sabiduría. Uno de ellos, antaño su detractor, hubo de reconocer su propia injusticia, convicto por la fuerza de la verdad, una vez que trató de cerca al maestro y apreció las excelencias de su eximio saber explicando que la causa de su error no había sido otra que la opinión de los más eminentes hombres de letras de México que en aquella época se aterrorizaban ante el mas pequeño conato de novedad.

En Ferrara continuó su traducción e interpretación de Plinio y guiado por su espíritu analítico, trataba siempre de comprobar las observaciones del naturalista latino y hacerlas suyas  objetivamente.  A tal efecto ocurría a los mercados para examinar los peces, y aún los adquiría para sus disecciones; también frecuentaba los jardines, realizando estudios sobre botánica, y distintos lugares, donde pudiera adquirir algún conocimiento. En el misito lugar estableció relaciones de amistad con el director del Jardín Botánico obteniendo acerca de plantas desconocidas información muy valiosa para sus estudios.

Posteriormente fue trasladado a Bolonia, donde siguió su vida habitual e invariable de total apego a la investigación científica. Allí lo sorprendió el Decreto de disolución de la compañía que aceptó con la misma resignación que el exilio, cumpliendo su voto de obediencia. He aquí una nueva manifestación de la probidad abnegada de Campoy. Tal decreto debió de haberle causado la más honda pesadumbre supuesto su cariño por la institución a la cual había consagrado su existencia. Sin embargo, ello no fue óbice para seguir su norma de vida laboriosa. Además de la versión de Plinio en que se atareaba incansable y gustosamente, siguió con asiduidad delineando un mapa de la América Septentrional.

xxx

“La renovación de la Filosofía, dice José Bravo Ugarte, en su Historia de México, con los datos ciertos de las nuevas ciencias experimentales, que caracteriza la segunda mitad del siglo XVIII, se fue al extremo de incluir a éstas en aquella y despreciar, sin distingos, la Escolástica. Iniciadores del movimiento, son los jesuitas Campoy, Abad y Clavijero; y sus impulsores, el oratoriano Díaz de Gamarra, el Presbítero Guridi y Alcocer, y el carmelita San Fermín”.

Su amor a las ciencias experimentales le causó sinsabores infinitos como ya lo hemos expresado; la privación de ciertos puestos del magisterio en México, después de haber sido maestro de filosofía y humanidades en varios colegios; y aún le costó el  destierro; pero le confirió el honor de ser el primero en Nueva España que enseñó la filosofía experimental. 
“Este jesuita americano fue —dice José Mariano Beristain y Souza— no solamente uno de los más doctos de sus compañeros, sino él primero que se abrió paso al nuevo camino de las ciencias en la provincia de México, donde el demasiado horror a toda novedad en punto de doctrina y enseñanza, ponía insuperables barreras a los progresos de la buena y bella literatura.  Por esta razón fue nuestro Campoy apartado de la carrera escolástica, murmurado, perseguido y confinado en Veracruz”.

Hemos dicho anteriormente que siendo Campoy un genio y un carácter, tenía que emanciparse al medio ambiente en que vivía, adelantándose a su tiempo.  Esta anticipación genial nos la presenta el combativo y ardoroso polemista Agustín Rivera en original alegoría de hondo sentido en sus Principios Críticos sobre el Virreinato de la Nueva España y sobre la Revolución de Independencia:

“Referiré a mis lectores 1a Visión de Campoy, suplicando a aquéllos a quienes ha concedido el cielo el don divino de la poesía, que la canten en hermosos versos. En una noche de insomnio de 1753, el filósofo desterrado en Veracruz estaba sentado en una vieja cátedra, cuyo borde se veía gastado por el continuo manoteo; en una cátedra azotada por las olas de las murmuraciones, más furiosas que las olas del mar y rodeado de cadáveres humanos; tirados se hallaban en el suelo un Goudin y unos cartapacios; el jesuita tenía la mirada tranquila y fija en el porvenir, y una guedeja caída sencillamente sobre la frente, ocultaba la profundidad de un pensamiento, cuando se le apareció la Filosofía de Descartes sobre la cima del Citlaltépec; esa Filosofía que echó abajo la Filosofía del falso Peripato, Juzgada por madame Stael con su acostumbrada profundidad; la Filosofía de Descartes, el punto de partida de la Filosofía Moderna, la madre de la civilización del siglo XIX, la concepción sublime de Descartes que ensayó demostrar toda la Filosofía, partiendo de la presencia necesarísimo del pensamiento de sí mismo y de la identidad del pensamiento con la existencia”.

“Como el jesuita Campoy fue el porta-bandera de la filosofía moderna en la Nueva España, el jesuita Parreño fue el porta-bandera de la oratoria moderna en la Nueva España. Uno y otro podrían haber puesto en su respectiva bandera como lema este verso de Estacio: “Este es para mí el primer día de una época y el umbral de la vida”.

 “Campoy: “Este es para mi el primer día de la época de la Filosofía Moderna en la Nueva España y del umbral de la vida”.  De la vida intelectual, moral y material.  Porque entre los hombres pensares es hoy una cosa averiguada que los principios de la filosofía moderna han sido el polen de la nueva forma y de la vida política de todas las naciones de Europa y el polen de la independencia y de la vida política de todas las naciones americanas …”.

La férvida admiración de Rivera por el padre Campoy evoca frecuentemente la memoria de éste, siempre en términos elogiosos.  Veamos distinta obra de aquél, esto es, la Filosofía en Nueva España: 
“Campoy es una de figuras más bellas y más interesantes de la historia de México, por sus extraordinarios talentos y sabiduría, por su alma de filósofo y por haber sido el primero que dio en México el grito de libertad e independencia del antiguo peripato y proclamó la filosofía moderna.  Fue privado de su cátedra de Veracruz, y el hijo del desierto de Sonora abrió en la misma Veracruz otra cátedra más grande.  Fue privado de la cátedra escolástica y empuñó la pluma y emprendió otra carrera social más amplia, más útil, más honorífica.  Se le confinó a Veracruz, ¿Cómo quien dice nada!, lugar mortífero donde probablemente no viviría un año; y su organización de fierro, no digo bien, su alma de fierro venció al “vómito” quince años; y su palabra rompió el sitio y no tuvo más horizonte que los horizontes de Europa.  Le cercaron las murmuraciones, el luto y las penas de contínuo; y con alma de filósofo los soportó.  Porque sabía bien esta sentencia de San Gregorio el Grande:  “Nada hay más inexpugnable que la verdadera filosofía”, y aquélla que  cinco siglos  antes de San Gregorio había pronunciado Séneca:  “La filosofía es un muro inexpugnable:  la fortuna, a pesar de golpearlo y combatirlo con muchos arietes y catapultas, no pasa sobre él”.

         Como se dice antes, Agustín Rivera siente cálida admiración por Campoy.  En el mencionado libro el primero, La Filosofía en Nueva España, invoca los más destacados pensadores de la época colonial, que por cierto abundaron, y a nadie cita con mayor   frecuencia y entusiasmo que a Campoy y para ninguno tiene frases más fervorosas y laudatorias que para el mencionado filósofo:   “Campoy fue un jesuita nativo de Álamos en el actual Estado de Sonora, de supremo talento, de vasto saber y de genio ardiente y audaz.  Siendo catedrático de Filosofía en el Colegio de Veracruz poco antes de 1752, aborreció la filosofía seudoperipatética tanto cuanto sus maestros se la habían hecho aprender y amar;  de manera que aunque el texto y el objeto oficiales de la cátedra eran la filosofía antigua, él, desentendiéndose de ellos, enseñó a sus discípulos  la filosofía moderna, por lo que fue destituido de la cátedra.  Y aunque dicha enseñanza de Campoy fue extraoficial y duró poco tiempo, y aunque l academia del mismo fue doméstica y privada, éstos hechos bastan para darle la palma de iniciador y porta-bandera de la enseñanza de la filosofía moderna en Nueva España”.

Es debido hacer hincapié en el hecho trascendental de que Campoy fue el precursor de la reforma filosófica en nuestro país, y esta circunstancia  le confiere personalidad honrosamente distinguida. Sin 
embargo, otros atributos le  otorgaban  egregia identificación.  Todos estos conceptos han sido sustentados  por ilustres contemporáneos del excelso alamaense y, sucesivamente, a través de los años, por distintos historiadores, hasta Gerard Decorme, cuya evocación sobre Campoy constituye ilustrativa y vigorosa semblanza, expresando que el primero que se lanzó a abrir caminos nuevos fue el indómito e incansable sonorense P. José  Rafael Campoy.

Campoy fue bíografiado por Juan Luis Maneiro, cuya obra en latín se considera magistral, y por Agustín Castro. En el Diccionario Universal de Historia y de Geografía dirigido por Orozco y Berra, aparece cordial semblanza del filósofo, de la cual es autor José Mariano Dávila. José Mariano Beristain y Souza lo incluye en su Biblioteca Hispano Americana Septentrional.  El Dr. Félix Osores lo llama el sabio entre los sabios. Don Mariano Cuevas, autor de la Iglesia en México, lo llama una gloria sonorense.  Decorme, en su obra citada habla de la cabeza descomunal de Campoy.  Mayagoitia, autor del Ambiente Filosófico de la Nueva España, dice que se necesitaba un hombre muy superior a las circunstancias y que tuviese la decisión y valor necesario para enfrentarse con su siglo a iniciar la reforma de los estudios filosóficos en Nueva España, como el sonorense Campoy.

No he encontrado óbice alguno para hacer en este apunte una serie de interpolaciones o compulsas, pues ello tiende a acreditar la convergente opinión autorizada y cálida a través del tiempo, sobre la superior calidad de Campoy.

Entre los valiosos trabajos del notable jesuita se mencionan: “Oraciones Latinas y Castellanas”, “Cartas al Padre José Francisco de Isla”, “Cartas al Sr. D. Gregorio Mayans”, “Proyecto Cristiano y Político para Nuevas  Poblaciones y Comercio en la Provincia de Sinaloa”, “Interpretación de los Libros de Plinio Veronense”, “Oración Fúnebre a Felipe V”, ‘Vida de la Esposa de D. Francisco Crespo, Gobernador de la Plaza de Veracruz”, “Carta Geográfica de la América Septentrional”.

Todas sus obras se perdieron. Hemos dicho que su vida discurrió bajó el signo de la amargura, aunque ésta nunca acibaró su espíritu. Lo mismo podemos decir de su memoria póstuma, que guarda dramático paralelismo con su misma vida, pues la circunstancia de que haya ocurrido tan irreparable pérdida ha impedido que se haga a su nombre la merecida justicia. Un sentimiento inspirado en ésta, nos ha movido al hacer esta apología, lo mismo que a Maneiro que dice: “Quisiéramos inmortalizar la memoria de Campoy, muy especialmente por la misma razón que movió a Cicerón a vindicar del olvido y silencio de los hombres la de Antonio y Craso, la cual, según su propia expresión, comenzaba ya entonces casi a perderse, ya que al igual de los personajes nombrados, nunca podrá nuestro biografiado ser conocido por sus escritos.  En esto fue también semejante a Sócrates, que habiendo merecido por su eximia sabiduría que se le contase entre los primeros pensadores de su época, no ha dejado obra alguna en que la posteridad pueda admirar el nombre de tan ilustre varón”.

Campoy murió en Bolonia, Italia, el 29 de Diciembre de 1777, siendo sepultado en la Parroquia de la Virgen de la Caridad.  No obstante sus merecimientos, yace en el olvido. Con sobra de justicia, poseído de profunda amargura, clama el autor  de los Principios Críticos:

¡Ingrato  Veracruz, ingrato México, que no han levantado una estatua, ni siquiera un busto a Campoy ni a Clavijero!

 

 

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EXCELENTE HOMENAJE A ORTÍZ TIRADO

¿Y JOSÉ RAFAEL CAMPOY QUÉ?

Héctor Rodríguez Espinoza

“…llegó a tal renombre de sabiduría, que con todo derecho se le puede comparar a los Franklin y a los otros preclaros varones de grandeza semejante que produjo el siglo XVIII en América.”

 

Terminado el reciente y tradicional Festival cultural en Alamos, dedicado al cantante de arte, filántropo y Dr. Alfonso Ortíz Tirado, me surge la pregunta que encabeza este artículo.

Si de evitar borrar de nuestra memoria y sepultar en el olvido a humanistas representativos de un singular punto de la agreste geografía de la entonces Nueva España se trata, hagámoslo con el también alamense  José Rafael Campoy. 

¿Quién es? Es el incitador del movimiento de renovación de los estudios en los Colegios Jesuitas de la Nueva España, y aunque su obra escrita no se ha conservado, por las citas que de él hacen los demás renovadores, se le considera como su guía que revolucionó la Compañía de Jesús y quiso dar a la juventud mexicana de aquel tiempo, la oportunidad de conocer la Filosofía Moderna, sobreponiéndose a los perjuicios que había para ello y tomando el riesgo de fracasar en su vida religiosa, según se decía, a causa de cultivar un sistema filosófico que no fuera el estrictamente propuesto por los comentadores de la Filosofía Escolástica.

Precisamente sus superiores en la Compañía lo calificaron como “introductor de muy peligrosas novedades, partidario de vanas fantasías científicas y estudioso de infantiles naderías”.

            Nació en Alamos, Sonora, el 15 de Agosto de 1723; a los ocho años de edad, casi niño, se trasladó a la ciudad de México, se internó con los padres Bethlemitas para seguir su instrucción en el Colegio de San Idelfonso, en donde, hacia 1737 iniciaba el estudio de la Filosofía. Estando en dicho Colegio, inició su amistad con Diego Abad quien, aunque era unos años menor fue quien, entre sus compañeros, mejor le comprendió en sus inquietudes respecto a la renovación de los estudios.

            Ingresó como religioso jesuita el 26 de Noviembre de 1741, e inició su formación en el Colegio de Tepotzotlán, en cuya biblioteca

 

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